EDITORIALES


Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas
Registro de Pasajes y Mapas en la Cultura y el Conocimiento

ISSN 1578-6730 · Depósito Legal: M-49272-2000

EDITORIAL 14 (2006.2) JULIO-DICIEMBRE

Firmo el presente editorial cuando es obligado romper el silencio (o la indiferencia) y desear deseos no siempre deseados: que cualquiera pueda volver a casa porque es Navidad o, sencillamente, porque nos falte el abrazo. Dije (creí haberlo alguna vez afirmado) que volver tiene algo en común con en-volver (siempre olvido asociar otra variante, re-volver, pero son cosas que suceden porque uno, sin quererlo, lo evita o lo olvida a propósito ... por no con-fundir más de lo debido). Dije también que volver significa regresar, pero a su vez recuperar o repetir acontecimientos pasados. Regresamos siempre (o, al menos, lo intentamos) a un espacio de acogida, en donde el riesgo no debería existir. Regresamos (cree uno regresar) a casa, tomando como disculpa una celebración (o una despedida o pérdida). En los espacios de acogida (domésticos, antes que públicos) la mejor en-voltura es el abrazo de la madre ..., que nos recuerda cierres originarios, esferas míticas en donde la conformación de nuestra integridad era responsabilidad de un tercero. Hay otras en-volturas que simulan abrazos ... como el papel que esconde un regalo, si bien éstos son abrazos jamás clandestinos. Pero los regalos cada vez son menos singulares: nos resultan, cada vez más, abstracciones de abrazos y donaciones, que antaño sólo tenían un único y exclusivo destinatario. Hemos prostituido el imaginario hasta considerar normal que pueda comprarse papel de regalo. Tal vez sea ésta una oportunidad para despertar de un mal sueño ... para que los sueños pedan volver a soñarse despiertos.


Y soñando despiertos esos sueños, sueños que generan realidad (al menos, en la intencionaldiad del soñador), uno (por coyuntura o por delegación, soñador primus inter pares) vuelve a echar cuentas, a mirar hacia atrás para poder ver mejor lo inmediato, el acontecimiento de la llegada que cualquier después supone: A partir del presente número Nómadas introduce nuevas herramientas en su presentación, al tiempo que difunde la información sobre el resultado del proceso de selección de originales. Entendemos adaptarnos así al formato y comportamiento de publicaciones similares con voluntad de excelencia, pero sin renunciar, en nuestro caso, a la crítica. Se completa, en función de estos cambios, un proceso de actualización que se inicia con el número 11 (2005.1) y que concluye (provisionalmente) ahora con la clasificación de los originales en función de su inclusión en las siguientes secciones: Actualidad, Ensayo, Investigación, Latinoamérica, Recensiones y Notas. Sin duda se confunden territorios o planos. Sin duda, a un determinado original le correspondería mejor sección, diferente a aquella en la que aparece. Sin duda, muchos originales tendrían que compartir secciones. Sin duda ... Pero ése es un riesgo que asumimos. De los errores que, eventualmente, a posteriori se detecten, somos resposables en exclusiva en tanto que Consejo de Redacción. El que a uno, en su caso, se les señale es, antes que inoportuno, un gesto a agradecer.

De las estadísticas que, a partir de este número, se difunden puede desprenderse que seguimos fieles al espíritu que, desde sus orígenes, viene definiendo nuestra política editorial y que podría resumirse, para el caso, con un término: equilibrio. Y es así cómo creemos respetar un complejo programa de representatividad institucional, calidad reconocible, profesionalidad demostrable y espacios geográficos plurales, que garantice paralelamente un lugar destacado, reservado a jóvenes investigadores.

Porque ese otro mundo, que se nos antoja posible, no termina de hacerse realidad, las recurrentes mentiras de influyentes políticos o estadistas, que convierten en ilustrado (léase, con legalidad sobrevenida) un discurso excluyente (de circulación hegemónica), no generan ni democracia ni paz, sino acumulación de riqueza, cada vez en menos manos. La vida, lamentablemente y a juzgar por el comportamiento de estos modernos salvadores de patrias, es sólo una ficción. Cuando la coherencia de sus mezquinos intereses les obligan a justificar muertes de supuestos terroristas, entre los que es habitual incluir a niños o ciudadanos no-beligerantes (alarmantemente, cada vez más in crescendo) lo tapan, nuevamente, con cuentos. Hablan entonces de razones humanitarias para legitimar acciones militares más allá de sus espacios naturales (geopolíticos o histórico-culturales). Esas caprichosas intervenciones recibían nombres muy precisos en el viejo ordenamiento jurídico internacional: genocidio y crímenes contra la humanidad. Desgraciadamente el Tribunal de la Haya, que unos pocos controlan, jamás sentarán en el banquillo a todos sus protagonistas.
Criminales de guerra, conocidos (porque están ubicados en un pretendido eje del mal), por conocer, porque pertenecen a un macabro club privado, que arrogantemente se consideran el obligado eje que niega o excluye al anterior.

Trágico cuento originario se transforma cada vez que ritualmente vuelve a contarse. Mentira originaria sobre la que se soportan tales decisiones con los habituales resultados. La noticia (sólo es noticiable lo que justifica o refuerza la violencia, cediendo actualidad a los violentos) se difunde a diario: historias de expansión económica y acumulación del capital narradas como si sólo de hazañas bélicas se tratara. Ya apenas conmueve la atrocidad de la barbarie, por su escandalosa recurrencia. Porque hemos perdido el pathos, o la capacidad de reacción, para guardar, a su vez, la coherencia (ya que se nos impide guardar silencio o recuperar la afonía originaria) seguimos contando un cuento de terror con el que paulatinamente nos vamos peligrosamente identificando, cuando no conviertiendo en cómplices.

Malos tiempos para la lírica, ahora morir de hambre es lo habitual: Porque los recursos propios (incluidos los culturales) los siguen expoliando otros o porque los recursos que nos pertenenen los despilfarran los esbirros que esos otros estratégicamente colocan en el interior. Es cierto que se muere muy a menudo en virtud de efectos bélicos colaterales. Y es triste que eso se permita ni exista legalidad internacional alguna con capacidad para impedirlo. Más triste, que las iglesias no intervengan. Pero es más cierto aún que se muere huyendo del hambre: no puede uno desaparecer más trágicamente que al negársele un recurso al que, por naturaleza, todos los hombres tenemos derecho. Sigue, por tanto, uno contando (intentando contar) un cuento nuevo, por si alguien olvida todos los cuentos, previamente contados (León Felipe). Sigue uno denunciando la regulación de los flujos migratorios, el empapelamiento de los ciudadanos con menos o nula fortuna, para que éstos ejerzan en otras latitudes un derecho fundamental que en sus paises de origen los eventuales paises de acogida (o sus mensajeros) les niegan.

Los rituales (religiosos o políticos) que dicen denunciar semejante barbarie, valen sólo el precio del espectáculo, sin que las plusvalías resultantes se inviertan en la lucha contra la desigualdad y el hambre, que dé sentido a un viejo propósito: respetar la dignidad humana, o mejor, de los seres humanos, como el más preciado de los derechos fundamentales. Esa fue la gran tragedia del Siglo XX, que se agudiza en el presente: invocar la condición de humano ya no es, lamentablemente,  garantía de nada, ni siquiera para preservar la propia vida.

Porque sentimos un enorme respeto hacia los creyentes, nos repugna la imagen de explotadores, dictadores o genocidas visitando los templos, es igual de qué credo, al día siguiente de haber ordenado el expolio o la masacre de turno. ¿Qué Dios va a permitir que
semejantes blasfemos se postren ante sí invocando piedad?. Para justificarse bajo estas condiciones, para ser honest con o ante es igual qué Dios, el pecado original no podría seguir siendo una voluntad más o menos explícita de ser como dioses. Tales terroristas de Estado optan por reescribir los textos sagrados para catalogar ese pecado original como pecado sólo dis-culpable ante si mismos: porque ahora ellos pretenden ser los dioses verdaderos. Sus teólogos se forman en seminarios laicos, con prácticas en redacciones de periódicos, consejos de administración, ejecutivas de partidos o sedes de gobiernos. Por eso el terror es sólo la reacción de sus fieles y, en todo caso, de cualquier infiel (o conjunto de infieles) al credo que generan e imponen. Por eso sagrados son sólo los templos que ellos visitan. Los otros seguirán siendo, como mucho, supulcos o monumentos de una cultura caduca (Friedrich Nietzsche).

La naturaleza de las cosas que pasan (y que nos pasan) es una realidad en permanente desarrollo. No puede, por tanto, entenderse ni el conocimiento que de esas cosas vayamos (selectivamente) acumulando ni la investigación que desarrollemos para que ese conocimiento se adecúe al momento que les corresponda, si el conocimiento científico se apuntala sólo en la legitimid técnico-teórica de la que los correspondientes corpus y profesiones se dotan y en base a la que se modernizan.

Ya que las posiciones son, a menudo, divergentes, Nómadas respeta, por ello, tendencias o lecturas dispares, visiones encontradas de la realidad. Confiamos, al reproducirlas, en que el diálogo sea posible, que los filtros que registran miradas diferentes sean más recíprocamente generosos. Sabemos que eso es posible si tales filtros sólo escalan miradas no impuestas. Hemos apostado por la singularidad, la diferencia (a veces, por la heterodoxia, por lo incómodo), para garantizar una repetición que no se identifique o confunda con la exclusión. Los tradicionales procesos de normalización, entendidos ahora como estrategias de globalización, buscan reprimir y comprimir para que los efectos de la exclusión no sean evidentes, para que no aparezcan como tales. Nominar es excluir y sólo nomina el que controla el discurso del poder: esquemas de pensamiento o visiones del mundo que deben circular con prioridad absoluta.
Mientras tanto, no nos queda otra alternativa: ir más allá de la esperanza para forzar la llegada del abrazo o de la envoltura que lo oculta o simula.

Madrid, Diciembre del 2006
Román Reyes