Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

El extranjero y lo nacional   
 
Fernando Oliván López
Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

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RELACIÓN VERTICAL Y HORIZONTAL
EL LIBERALISMO Y LAS LEYES DE EXTRANJERÍA
LAS DOS FACETAS EL DERECHO DE EXTRANJERÍA:  SOCIOLÓGICA Y  POLÍTICA
LA NUEVA CONFIGURACIÓN DEL PROBLEMA: EL TRATAMIENTO JURÍDICO
LA CRISIS DEL DERECHO DE EXTRANJERÍA

A primera vista, el concepto de extranjero hace referencia a la geografía,  la ciencia del espacio donde vive el hombre, por eso se percibe como la diferencia entre  grupos que viven en un mas acá y un mas allá de una raya imaginaria, barrera entre los míos y los otros. Pero no es un concepto geográfico, no es el río o la cordillera montañosa la que establece esa raya. No es por lo tanto la geografía la ciencia que posibilita esta distinción. Podríamos estar tentados de buscar en la antropología el marco donde se construye esta diferencia y decir que estamos ante un concepto social, pero no es el grupo, como entidad social, el que define este "limes" de la distinción, como vamos a tratar de exponer en este artículo la frontera que separa de esa manera a los hombres no es tampoco social: ni siquiera el concepto de nación es suficiente para comprender su mecanismo, y todo ello porque estamos ante una barrera cuyo origen es únicamente jurídico, de ahí el entronque del concepto con los mas puros y básicos conceptos del derecho,  justamente de un derecho que va a alumbrar a la vez que los conceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad y con los que tendrá una íntima comunión.

Por eso el análisis lo tenemos que formular desde el Derecho que se ocupa de esta distinción, es decir, el Derecho de Extranjería y aquí el semema que nos da la clave,el concepto básico, nos lo proporciona el propio término de extranjero. En una definición de urgencia podemos decir que el Derecho de Extranjería es aquel que resuelve las relaciones entre el Estado y el sujeto extranjero. Pero el extranjero, el súbdito de otro país, puede ser sujeto de una multitud de actos y negocios jurídicos en los que no queda afectado en absoluto por esta condición de extranjería. Por lo tanto el elemento subjetivo hay que teñirlo de un factor adicional: su condición de extranjero ha de ser determinante: ha de oponerle en toda su extensión al nacional. Aquí recibimos el apoyo de la semántica: Extranjero, Forastero, es decir extraño, de afuera (foras), distinto a los del grupo, a los que viven y se reúnen en el Foro. La etimología de este grupo de palabras es coincidente con la de Forajido, Foresta, en definitiva, nuestro ámbito idiomático localiza al extranjero entre los conceptos de salvaje y enemigo.  Este es el extranjero que toma en consideración el Derecho de Extranjería, el que desde fuera, y desde el peligro del exterior, toma contacto con la Nación. Esta consideración de frontera hace que el Derecho de Extranjería se configure desde la óptica del conflicto. No es por tanto extraño que las Administraciones encargadas de administrar el Derecho de extranjería hayan sido, primero, la castrense (hasta finales del siglo pasado los salvoconductos de entrada y tránsito de los extranjeros los concedía la Autoridad militar), y en la actualidad, la policial, que acumula en la consideración general del moderno Derecho de Extranjería la principal tarea en el control de fronteras y documentación de los extranjeros. Es el eje enemigo-delincuente, en un principio potencial infiltrado del estado opuesto, después simple peligro en sí mismo. Por poner un ejemplo, un instrumento a todas luces tan progresista como el T.U.E. se inclina cada vez mas por la presencia de los institutos policiales en la articulación europea. No es casual la constante unificación conceptual de los siguientes términos: Terrorismo, Tráfico de drogas, e Inmigración ilegal. Unidad de conceptos que se practica desde los grupos de trabajo configurados en la cooperación promovida desde el Tratado. Este es el extranjero al que se refiere el Derecho.


RELACIÓN VERTICAL Y HORIZONTAL

Así se configura la primera consideración del extranjero: la relación vertical entre un adentro, lugar de la casa y del nacimiento, ónfalos en definitiva de la patria; y un afuera, exterioridad donde se oculta lo salvaje, lo bárbaro, el mundo de lo que no conoce las leyes ni practica los valores de la cultura y la humanidad. Decimos que es una relación vertical porque pone en contacto, y en enfrentamiento, dos niveles distintos: el círculo e los míos -mi casa, mi pueblo-, y los otros, que desde esta perspectiva tienen , necesariamente, que ser tratados como enemigos.

El modelo de esta relación es el mito de Hércules: el guerrero, la fuerza bruta, la violencia máxima, por lo tanto, la exterioridad mas descarnada,  atado a la Rueca de Onfalia, la mas  pura manifestación de la interioridad, el núcleo casi vaginal del grupo (quizá completamente vaginal, de ahí la comunión de  los conceptos de madre y patria). Octavio, en el período anterior a la batalla de Accio, acuñó este mito en las monedas romanas haciendo propaganda militar contra Marco Antonio y propiciando una doble lectura favorable a sus intereses político-estratégicos: Por un lado ridiculizaba a su rival, sometido al capricho de una Cleopatra onfaliana, pero por otro proclamaba la necesidad de someter la frontera -ese Egipto, último valuarte de los enemigos del imperio- para asentar de forma definitiva, una paz que fuera plenamente romana. (esta imagen negativa de la exterioridad se extiende también al mismo ejército, de ahí la prohibición, castigada con la máxima pena, que pesaba sobre las legiones y que las impedía  entrar en Roma. Ese ejército, como Hércules, esta contaminado por su contacto con el exterior, por eso debe ser ahí donde permanezca).

Ahora bien, Esta no ha sido ni es la única significación del concepto.  El término "fores", origen etimológico de extranjero, forastero, significa también "puerta".  En la configuración cultural en la que se ha nutrido nuestro Derecho el exterior -foras- nos interesa en tanto en cuanto está a nuestras puertas, nos interesa en cuanto comunicación, en cuanto lugar de encuentro. Por eso, frente a esta imagen negativa, la antigua Grecia, como por lo demás todas las culturas, han desarrollado otro modelo de relación con el mundo de los extranjeros y del que la mitología griega nos deja abundantes ejemplos (todo el viaje de Telémaco resulta un encantadora manifestación de este otro modelo), es lo que los propios griegos denominaron: Xénos phílos, "el amigo extranjero". El mundo exterior, lleno de peligros, estaba también lleno de posibilidades. No era solo un territorio para la destrucción y la violencia, sino también para los encuentros. Los griegos consagraron este ámbito a la Diosa Artemisa, diosa protectora de los campos y los bosques, pero también educadora de la juventud en su paso de la adolescencia a la madurez. Era ella la patrona en los partos como "Artemisa Locchia", y la encontramos en todos los momentos de tránsito que padece el hombre. No es, por lo tanto, la diosa del salvajismo, sino la diosa de las fronteras: permeabiliza la relación de los opuestos (la caza se convierte en el arquetipo de ese diálogo, pues impone las reglas de la civilización al mundo de lo agreste). Una de sus mas interesantes manifestaciones la constituye su epifanía como Artemisa Táurica. Su referencia a los montes Tauro la coloca en Escitia, en el pleno corazón de la barbarie. Frente a los bárbaros que desconocen los valores de la piedad y la philé, su entronamiento representa la capacidad de integración del mundo griego, de incorporar lo extraño sin, por ello, desvirtuar lo valores de lo propio, de ahí que muchos emprendieran es viaje, como Telémaco (prototipo de la amistad simbólica en su viaje por los reinos aqueos), y cargaran sus alforjas con amistades y simpatías de gentes de mas allá de su grupo. La amistad con los extranjeros adquirió incluso carta institucional: no solo es reconocida como institución, sino también se convierte en la vía a través de la cual se incardinan los derechos de los extranjeros en el derecho de la ciudad: ese extranjero merece el respeto que se debe a su amigo nacional, está protegido por el poder de la gens con la que ha trabado su amistad. Hemos puesto el paradigma de la Edad Antigüa por la comodidad de su enunciado mítico, pero los ejemplos de este tratamiento del tema de la extranjería son numerosísimos en todas las etapas anteriores al liberalismo. Antes de esta época no era extraño ver en las cortes europeas ministros y consejeros procedentes de otros estados sin que esto se viera como traición a ninguna causa nacional ni a vínculo de cualquier otro tipo, es mas, la nobleza nunca se definió por un nacionalismo excluyente, y la realeza, quintaesencia de la estructura nobiliaria, se caracteriza, incluso en la época actual, por una promiscuidad internacionalista fuera del control de las fronteras.

Dos tensiones: la relación vertical, sometida al primado de la violencia. Relación de enemistad que cierra filas entorno al grupo de los propios; y la relación horizontal, construida bajo el signo de la amistad, que establece lazos mas allá de las propias fronteras, saltando los muros de la separación y articulando, incluso, sistemas jurídicos garantizadores de estos vínculos trasnacionales. Hasta aquí nada diferente a las relaciones  sociales en general o al mismo intercambio sexual, juego de prohibición y transgresión del incesto. El problema reside en trasladar estas pautas al marco gigante del Estado nación.


EL LIBERALISMO Y LAS LEYES DE EXTRANJERÍA

¿Por que esta preocupación?. Ni el sistema feudal ni los mismos estados nacientes con la modernidad conocieron esta preocupación. Para el príncipe, ya sea medieval o moderno, lo importante era incrementar el número de sus súbditos. La posición del estado era expansiva, de ahí su afición a las guerras fronterizas, lugares de incorporación de nuevas ciudades y súbditos, y la doctrina política era, por tanto, de equilibrio entre estados. El príncipe no distinguía entre propios y ajenos y si alguna vez reflexionó sobre el asunto fue distinguiendo entre súbditos nuevos y viejos, organizando su estrategia política entre el fervor de unos y otros. Maquiavelo dedica a este tema importantes capítulos de su Príncipe. El estado moderno hasta el Absolutismo era un estado promiscuo, donde el factor de la nacionalidad carecía de valor jurídico y, por lo tanto, el concepto de extranjero era solamente adjetivo, eficaz en la relación de encuentro pero inexistente como status de la persona.

El límite surge con la Revolución burguesa y el triunfo del Liberalismo. La concepción democrática del Estado, con el consiguiente principio de la Soberanía nacional primero y después Popular constituye las bases donde encuentra sus raíces el sistema d la extranjería: las normas, el derecho, los derechos, son solo para los que participan de ese don, dado que nacieron, son nación, de su patria. La idea de una Volonté Général requiere la definición previa de las voluntades que han de participar en su construcción. El sueño de una participación en la vida política plantea este primer requisito: ¿quienes pueden participar?, ¿quienes van a disfrutar, por lo tanto, de ese tesoro que encuentran los revolucionarios cuando asaltan las Tullerias?, la Soberanía, arrancada al monarca, se reparte entre los súbditos  reconocidos ahora como ciudadanos. Todos aparecen como hermanos, libres e iguales ante la Ley, proclamando los tres principios programáticos del Liberalismo: Liberté, Egalité, Fraternité. Desde los dos primeros se construyeron los monumentos jurídico políticos de la Codificación y de la Democracia representativa, desde el tercero se articuló el concepto nacional, pero a la vez aparecen los límites de estos tres principios: igualdad meramente civil, libertad solamente  formal y fraternidad ....en la exclusión del extranjero.

El proceso se manifiesta en pleno siglo XVIII donde se descubre la primera confrontación entre los intereses del rey y los propios de la sociedad, confrontación surgida justamente del nacimiento expreso de estos nuevos intereses que, fruto del pensamiento Ilustrado, adquieren carta de naturaleza y permanencia, convirtiéndose en la expresión mas acabada de la nueva sociedad. Así el famoso parlamento del jurista -y aquí no es neutra la consideración a la profesión- Maître Henri Francoise d´Aguesseau, publicado en París en 1789, que diferenciando las monarquías de las repúblicas sostiene las ventajas de estas en los siguientes términos: "(en las repúblicas) cada ciudadano se acostumbra de buen grado y casi desde su nacimiento, a mirar la fortuna del Estado como su propia fortuna, Esta igualdad perfecta, y esta especie de fraternidad civil, no hace mas que convertir a todos los ciudadanos en una sola familia, todos ellos interesados igualmente en los bienes y los males de la Patria.... El Amor a la Patria se convierte en un Amor Propio, Nos amamos verdaderamente, amando a la República, pues con ello no hacemos mas que amarnos a nosotros mismos....." para terminar diciendo en ese mismo discurso y en referencia a la Francia de los últimos borbones: "Que extraño espectáculo: Un gran Reino y nada de Patria. Un pueblo numeroso y ningún ciudadano".

Tras esta expresión hay todo un nuevo reconociminto y legitimación del Poder. El Amor a la tierra (natal) se convierte en la manifestación mas sublime y socializada del Amor propio, lo que lleva a amar al propio país mas allá de lo que se ama a uno mismo (este concepto de amor lleva a la consecuencia  de que "la parte es mayor que el todo", proclamada por Rousseau en  "El Emilio").

El amor a la Patria se convierte en la sustancia de una nueva religión, secularización de la religión tradicional, articulando la sustitución del Amor a Dios (padre), por este Amor a la Patria. A partir de aquí se desarrollará toda una liturgia paralela a la cristiana y no necesariamente opuesta, sino en muchos casos profundamente compenetradas. Liturgia con sus himnos, ceremonial -religioso castrense-, y su propio santoral que va a encontrar en la persona del patriota el símbolo supremo de la piedad y el heroismo. Es la comunión con este patriotismo el que unirá a todos los miembros de  una sociedad , inflamando sus corazones y haciendoles mas deseable el martirio y la muerte que la traición y abandono de la patria. (El intercambio semántico entre el discurso religioso y el patriótico llega hasta formas hipóstasiadas y místicas  siendo dificil distinguir, en algunos casos, el contenido religioso y propiamente nacionalista. Así los himnos  patrióticos consuman el proceso de territorialización de la religión proclamando una mística unión entre fe religiosa, violencia militar y señas de identidad locales, así la íntima asociación entre "la campana y el cañón" como nos recuerda el poema de Bernardo López García "el Dos de Mayo".)

De esta forma, a fines del siglo XVIII, se extiende el concepto de patriota y patriotismo, generalizandose con el triunfo de la Revolución Francesa que acuñará el término patriota como sinónimo de revolucionario. La instancia patria se configuraba de esta manera intimamente ligada a los conceptos de Libertad e Igualdad, así, en el texto de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793, se proclama: "Hay opresión contra la sociedad cuando uno solo de sus miembros está oprimido." Ese mismo texto proclama en otro de sus puntos (Art. 23) " La garantía social consiste en la acción de todos para asegurar el goce y conservación de sus derechos; esta garantía reposa en la Soberanía nacional". Escrupulosa aplicación de los principios mencionados pero que exige la imperiosa definición del grupo social y humano al que van dirigidos estos derechos, de esta manera la proclamación Ilustrada de los tres principios revolucionarios, abierta a la universalidad del género humano al entenderse como derechos naturales de los hombres nacidos libres e iguales, se ve restringida solo a los nacidos de la misma patria, a los que pertenecen al grupo de los hermanos unidos por la fraternidad revolucionaria.

Por esto, el primer problema que nos encontramos radica en la propia definición del grupo, y de todas las definiciones que pudieramos encontrar en Sociología, ninguna tiene eficacia para definir lo que es el grupo de la Nación, mejor dicho, del Estado nación, marco desde donde se construye el derecho a la distinción entre el nacional y el extranjero. Ya no estamos ante una mera ciudad de la que es fácil descubrir el Foro, el Sancta Sanctorum, desde donde se miden las distancias al exterior, tampoco estamos ante el concepto de tribu, o incluso del concepto pueblo, todos ellos con mejor o peor definición sociológica. La Nación, el Estado nación, no tiene esos contornos claros y definidos que puedan proporcionar la cultura, la etnia o la misma raza, carece por lo tanto de un limes natural que le garantice su propia coherencia, va a ser inescusable función del Derecho el marcaje de los contornos de lo nación, es decir, los límites del grupo, para distinguirlos de los que sonlos otros. La pluralidad de comunidades sobre la que se asientan los estados modernos hacía imposible una definición desde dentro, ¿como definir la Nación ?, ¿una lengua?, ¿una raza?, ¿una cultura?, ¿una sangre?, ninguno de estos factores nos da una respuesta suficiente, es más, todos ello nos resultaban incómodos, problemáticos y disgregadores. Esta situación, cuyo germen de conflictividad aún lo vemos en los estados actuales, tenía la misma dificultad en la Francia del final del siglo XVIII, en la Italia del XIX, (basta recorrer los numerosos libros de viajes donde se da pública fe de las diferencias locales e incluso de sus antagonismos). No hay que olvidar que la base ideológica de toda la revolución se asienta en la eliminación de los principios discriminadores y en la proclama de la humanidad como sujeto principal de las relaciones interpersonales.

 Esta abrumadora dificultad para definir la nación desde dentro, constituye la razón de ser de las leyes de extranjería: definimos la nación por la exclusión de los no nacionales, es decir de los extranjeros. Colocando al extraño la calificación de otra nacionalidad se evita considerarlo nacional. En definitiva la fratria se circunscribe específicamente a determinados individuos construyendose así el limite, el techo ideológico, del principio revolucionario de la Fraternidad.

En definitiva, esta nación no va a encontrar su sustancia sino a través de delimitar su esfera exterior, su discurso es necesariamente excluyente, como vía para la plena definición del grupo. Los poemas patrióticos proclaman esta necesaria oposición entre nacionales y extranjeros: "....no pisará vuestra tumba la planta del extranjero", termina el poema anteriormente mencionado. La historia del lenguaje también corrobora esta tesis, así parece demostrado que los vocablos "heleno" y "Hélade", en su capacidad de designar a toda la nación griega, no se desarrollaron hasta tiempo después de la plena incorporación del término bárbaro, usado como extranjero. Solo el sentimiento de oposición a algo extraño pero a la vez definido permite hacer surgir la conciencia de la cohesión.


LAS DOS FACETAS EL DERECHO DE EXTRANJERÍA:  SOCIOLÓGICA Y  POLÍTICA
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Dos funciones clave del derecho de extranjería: por un lado la función sociológica, la necesidad de conocer de alguna manera cual es el marco humano en el que se mueve la nación, por otra la función política , la de definir cual es la voluntad de esa Nación. Entre estas dos funciones se desenvuelve todo el denominado Derecho de Extranjería, tanto en sus normas básicas y ordinarias como en sus leyes especiales, fundamentalmente las normas reguladoras del Derecho de Asilo. Si el concepto  patriota surge en oposición al tibio, al incapaz de un amor suficente, el término nacional surge frente al extranjero. Ganada la batalla de la proclamación de la patria nación (este es el triunfo de la Revolución francesa) resultaba fundamental su configuración frente al exterior (no otra cosa serán las guerras exteriores de la República en su configuración de las denominadas fronteras naturales). Frente a los traidores que cospiraban contra la república se alzan los patriotas (binómio patriota-traidor), frente a los extranjeros que pretenden destruir las libertades alcanzadas se levanta la nación (binomio nacional-extranjero). Dos conceptos que cierran el marco de la nueva nación estado. Vencido el enemigo interior, solo queda  enemigo externo, el extranjero, frente al cual, y gracias al cual, se ha construido todo el armazón de la nueva realidad nacional. A partir de este momento el exterior, el peligro exterior, se presenta de dos maneras diferentes: una clásica: como estado vecino, mas o menos enemigo, pero siempre al acecho. consideración clásica pues en esto no se diferencia de las relaciones internacionales del inmediato pasado absolutista. Y otra moderna, el subdito de ese estado extranjero, ahora dependiente de otra solidaridad, de otro amor particularista y que, como el mismo patriota nacional, pretende ejercer en la universalidad. El interés de los de dentro se ha manifestado como opuesto a los intereses y derechos del resto. Y esta oposición ha sido vista por todos como resultado auténtico del interés nacional. El Amor propio, ese amor a la patria que nos hace auténticamente libres, configurado como marco de la solidaridad y sustancia del principio de la Fraternité, se ha revelado como egoismo radical en la necesidad de satisfacer solo los intereses y deseos de los reconocidos como hermanos.

.Ahora bién, este problema no era nuevo, ni exclusivo de la época liberal y lo podemos rastrear en todos los procesos de creación de Estado bajo los principios de soberanía nacional y popular. Las repúblicas y, en su sentido mas clásico, las democracias, se enfrentan al dilema necesario de la distinción. Atenas reconstruyó su ciudadela y la alumbró con las grandes obras del clasiscismo saqueando el tesoro conjunto de sus aliados en la guerra frente a los persas. La propuesta, a todas luces injusta y deshonesta ya que utilizaba antijurídicamente unos fondos destinados a la defensa de todas las ciudades para el bienestar de una sola, fue votada a instancias de Pericles, el heroe democrático, que popuso desviar estos recursos para el engrandecimiento de la ciudad. La medida, como no, tenía como finalidad el interés nacional: salvaguardar la maltrecha economía ateniense facilitando el desarrollo profesional de las artes y oficios, base sociológica del poder democrático. La resolución contó con la oposición de los aristócratas y el propio Tucídides apeló al sentido del honor de sus compatriotas, en el fondo les avergonzaba la comisión de un acto que les pondría en entredicho ante las aristocracias de las ciudades aliadas. Sus objeciones estaban condenadas a fracasar pues en las democracias el peso del grupo es simpre superior al interés de las minorias, por muy noble y cualificado que éste sea.

 En definitiva, el Estado se construye por encima de la solidaridad horizontal, a la que siempre considerará fuente de peligros y traiciones. Quizá desde esta óptica se configuró el viejo mito de la Odisea, auténtico canto de la construción nacional del estado. Frente a esos pretendientes, venidos de afuera  y por lo tanto extranjeros, que viven de la hospitalidad de la casa de Odiseo y aspiran a incoporarse, incluso, a su mismo lecho, se alza la figura del heroe retornado -después de mas de veinte años de ausencia-, reconocido por los mas humildes de su reino, el porquero Eumeo, su propio perro y la esclava Euriclea,  antes que por su misma esposa y los hombres de su rango -con la excepción de su hijo Telémaco, que le reconoce casi sin haberle conocido, entroncando los principios de la consanguineidad entre los valores del nacionalismo-. No hay miedo a generalizar si decimos que todos los mitos del nacionalismo desarrollan esta misma fábula: el héroe, mas o menos retornado, frente a un opresor siempre extranjero. Es la dialéctica continua y permanente entre una moral universal y una moral de grupo, entre la construcción de una cultura cerrada o una cultura abierta. Lo que va a  aportar el liberalismo, lo que resulta radicalmente nuevo en el estado nacional y nacionalista que surge tras la Revolución Francesa, es la óptica eminentemente jurídica donde se resuelve este conflicto.


LA NUEVA CONFIGURACIÓN DEL PROBLEMA: EL TRATAMIENTO JURÍDICO

.Dos oposiciones: el estado extranjero, y los subditos o ciudadanos extranjeros, frente a estos se construye la frontera humana, frente al otro la frontera política, ambas son eminentemente jurídicas y van a proporcionar los dos sistemas normativos que resuelven las relaciones con los extranjeros; la primera ejerce la función de exclusión, es el puro Derecho de Extranjería, la segunda una función definitoria de la soberanía, y aquí radica el origen de las leyes de Asilo, veamos como responde esta institución a las exigencias de resolver la definición de la Soberanía Nacional. Se tiene soberanía por que se tiene libertad, lo que en derecho denominamos voluntad, autonomía de la voluntad. La piedra de toque de esa soberanía es esa autonomía de la voluntad, lo que los revolucionarios franceses llamaron la Volonté National. Voluntad Nacional, diseño propio, sin otra consideración, de la política de la nación, un problema que, en el derecho clásico  enfrenta a la voluntad de la Nación con la voluntad de los otros países, de las otras naciones. El tema del Asilo viene así a establercer el reconocimiento expreso y mas radical del principio de la Soberanía como valor político, como valor de la acción política frente al exterior, frente a las relaciones con los otros estados.

En el primer caso, se definen las fronteras humanas, tal es la función del derecho de extranjería en su sentido estricto, en el otro se define la capacidad, reconocida expresamente por los otros estados, - forma convencional -, o admitida tácitamente por el peso de la Historia -forma consuetudinaria- de la plena libertad de cada Estado para acoger en su seno al que quiera, incluso si huye del otro estado, del Estado frente al cual se construye esta soberanía, ámbito éste, de las Leyes de Asilo. Dos oposiciones y dos respuestas jurídicas: en un marco normativo el Estado resuelve sus relaciones con los extranjeros, en el otro su relación con los otros estados por causa de los extranjeros subditos de los mismos.

Pero ¿a que responde la necesidad de delimitar la relación con el sujeto extranjero? La Revolución Francesa y posteriormente el imparable triunfo del Liberalismo abrieron la vida política y económica al tercer estado, a la nación, que incorporó a su patrimonio estos campos de actuación, manifestación máxima de sus nuevas conquistas. Los destinos de la nación pasaron a ser el objeto de la preocupación de los patriotas, que adquerían así un derecho y deber de defender el foro de esa participación. Hasta ese momento, las monarquías absolutistas habían defendido su soberanía frente a los otros soberanos, sus posibles enemigos, y en todo caso frente a posibles usurpadores interiores, siempre activos gracias al apoyo exterior. Los subditos extranjeros nunca fueron su preocupación, como súbditos eran objeto y no sujetos del Poder, e incorporados al estado podían ser tan buenos subditos como los propios nacionales. En cambio, el nuevo soberano nacional encuentra aquí un nuevo enemigo: ese ciudadano extranjero que reclama para sí su propia parcela en esa soberanía, y que quiere también participar del disfrute de ese patrimonio.  Las normas de extranjería han venido así a contribuir a la defensa de ese Foro haciendo imposible la participación de los otros en el reparto de los bienes de la nación. Esta defensa, primero y principalmente fue un defensa militar, de ahí el monopolio de la Administración castrense en la organización de estos derechos, luego y en la actualidad se configura como abrumadoramente policial, dada la competencia de este instituto en la persecución de la delicuencia. En definitiva, tal y como veíamos al comienzo de este artículo,  el binomio enemigo-delincuente se constituye en el marco configurador de las relaciones con los extranjeros, rechazandoles al exterior y negandoles su participación en el mercado. Tanto las resoluciones administrativas como las propias sentencias de los tribunales en aplicación de este Derecho, estan repletas de esta carga ideológica, así, expresiones tales como "la saturación del mercado laboral nacional", "el interés para la economía nacional", "orden público nacional", constituyen el fundamento de sus juicios, y la base de la capacidad operartiva de la Administración frente a los extranjeros.

 Quizá aquí radica la ocultación que proporciona el humanitario lema de la FRATERNIDAD, la necesidad de concentrar solo entre los hermanos el beneficio de la herencia recién adquirida: la nueva Soberanía nacional. Todo el Derecho de extranjería es la articulación de mecanismos de exclusión del mercado: del mercado laboral, a través de la exigencia de un cúmulo de autorizaciones previas; del mercado empresarial a través de las exigencias administrativas; del mercado político, a través de su radical exclusión de la participación en la vida ciudadana; del propio foro de la patria, a través de la siempre presente posibilidad de expulsión. Autorización de trabajo, de actividad económica, de estudio, de la misma residencia y tránsito y, como reverso de estos institutos, los mecanismos de expulsión que dotan a las leyes administrativas de una eficacia no conocida desde tiempos predemocráticos. Una defensa del foro solo entendible desde esta necesidad de protección y que convierte a la   Soberanía en una manifestación sublimada del patrimonio de los hijos de la nación.


LA CRISIS DEL DERECHO DE EXTRANJERÍA

La profunda trasformación de los estados nacionales, la crisis poblacional y la nueva configuración de las relaciones internacionales, están sometiendo a una profunda redefinición  a todo el Derecho de extranjería y ello con incidencia respecto a las dos manifestaciones que apuntábamos de este derecho.

El problema respecto a las Leyes de Asilo radica en la profunda alteración que han sufrido las reglas del juego en las relaciones internacionales, cambio propiciado fundamentalmente por la irrupción del individuo en la esfera de la política internacional. La soberanía hoy no se cuestiona desde el estado vecino sino desde los individuos, las Organizaciones No Gubernamentales, los propios ciudadanos que asumen compromisos extraños a las políticas definidas desde los gobiernos; todo ello ha cambiado radicalmente la escena y, donde antes la discusión y el posible conflicto solo se configuraba entre los Estados, hoy los elementos se han multiplicado, perdiendo los gobiernos el monopolio que disfrutaban en la definición de esa voluntad base del principio de la Soberanía. En breve, hoy ponen mas en entredicho la soberanía de las naciones las acciones de organizaciones como Greenpeace o Médécins sans Frontiers que los imperativos de las grandes potencias.

Esta complejidad ha afectado gravemente a los procesos de racionalización legal del derecho de asilo, de ahí que el marco de la polémica, el núcleo político de las modernas leyes de Asilo, no radique en el ejercicio de esta facultad por el Estado. En el nuevo marco internacional el peligro para el ejercicio de la Soberanía no proviene del estado de enfrente, de la potencia vecina, tal y como se articulaba en el marco clásico de las relaciones internacionales, sino de estos nuevos sujetos que por su número se han vuelto ya incontrolables. Por eso el núcleo de las nuevas leyes y convenciones cae en el ámbito adjetivo de la responsabilidad del estado. ¿quien es responsable?, o mejor dicho, como puedo conseguir no ser responsable, donde puedo decir que no tengo soberanía.

Curioso, frente a la voracidad de competencias que siempre han manifestado los estados, la situación actual en esta materia es la inversa, hay un deseo de fuga, de huir de unas competencias que se ha vuelto sumamente complejas y donde el ejercicio de la soberanía no descubre conflictos entre Estados sino entre el Estado y su propia sociedad.

Por otro lado la crisis poblacional ha convertido a la inmigración en el salvavidas de las sociedades postindustriales, eso sí, al precio de la desnaturalización de las propias  sociedades nacionales. El extranjero, en estas sociedades superdesarrolladas, se ha convertido en inmigrante, penetrando profundamente en el marco defendido por las fronteras. Esta invasión, todo lo pacífica que se quiera, da al traste con los principios surgidos de la Revolución ya que ha creado en las sociedades modernas una nueva clase social, definida, no por su valor económico, sino por su status jurídico, es decir su propia capacidad de obrar, radicalmente alterada en el caso del inmigrante que ve sometida toda su actividad  a  previas autorizaciones administrativas, lo que le convierte en un ser minuscapacitado que, en lo jurídico, se asemeja a la esclavitud. En algunos paises, como es el caso de Gran Bretaña, el Estado ha preferido incorporar estas comunidades como cuerpos orgánicos, acercando su solución mas a la estructura social medieval que al principio igualitario del Liberalismo.

Esta doble crisis del Estado nacional, en sus relaciones internacionales y en las propias relaciones con las comunidades extranjeras, configuran el nuevo panorama del Derecho de extranjería, avocado a la contradicción irresoluble que encierra el doble sentido del principio de la Fraternité, por un lado como sustancia esencial de las relaciones entre los seres humanos, la humanitas como lugar de convivencia fraternal del género humano tal y como proclamó la Ilustración, y por otro  como factor excluyente de los no hermanados por la filiación a la patria, base ideológica del moderno estado nación.  Contradicción que ha venido arrastrando desde el mismo origen y que al principio de distinción entre nacionales y extranjeros ha opuesto la proclamación del internacionalismo de clase en las Internacionales socialistas, el pacifismo como ideología trasnacional, las empresas multinacionales, específicamente las relaciones de sus directivos, y hoy en día el propio espíritu de las O.N.G.s, incorporando la noción de intereses sectoriales pero internacionalizados a la preocupación de numerosos ciudadanos. Todo ello mantiene vivo ese viejo sistema de relación con el extranjero, la relación horizontal de extranjería que, lejos de haber sido superada por la dinámica del nacionalismo, reaparece constantemente como elemento configurador de una mas humanizada convivencia.


THEORIA  | Proyecto Crítico de Ciencias Sociales - Universidad Complutense de Madrid