Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

Hipocresía  
 
Ángel Rodríguez Kauth
Universidad Nacional de San Luis, Argentina

>>> ficha técnica


El vocablo hipocresía se utiliza en el habla cotidiana en múltiples oportunidades por personas de los más diferentes estratos sociales. Sin embargo, el mismo no ha sido mínimamente estudiado por los especialistas en Ciencias Sociales en general, como tampoco por los modernos psicólogos sociales en particular. Por tal razón, el autor de esta nota se vio obligado a escribir en 1993 un libro sobre el tema. Son estos últimos quiénes debieran prestarle al constructo una atención preferencial, debido a que el tema se presenta a diario y sin tapujos. Es posible observarlo en las relaciones familiares, restringidas o amplias; en las relaciones sexuales ajustadas a la norma de lo que se entiende por sexualidad como así también en las relaciones perversas; en los ámbitos educativos como en los laborales; en espacios comerciales como religiosos; y podríamos seguir prolongando el listado pero esto sería de nunca acabar, ya que se presenta en todos los órdenes de la vida de la sociedad capitalista y que se conocen en demasía.

Desde este espacio del discurso vamos a hablar de aquellos actos y hechos que -desde la particular óptica política- estimamos que están enfermos o, si se quiere, en un no muy ortodoxo encuadre positivista, lo que está "mal" porque entra en lo que se llama hipocresía. Pero, a diferencia de los `moralistas', no encaja en nuestro modo de vivir pontificar qué está bien, cómo deben hacerse correctamente las cosas, en fin, cómo cada uno va a ejecutar su experiencia de conducta social. Sería hipócrita pretender afirmar cómo debe ser dicho el mensaje, del mismo modo que consideramos una hipocresía decir cómo la crítica puede ser constructiva, en el más puro análisis gatopardista sobre la crítica y su construcción.

Si abriésemos juicios evaluatorios sobre lo que está bien y lo que está mal, correríamos el riesgo de caer en la falacia naturalista, que no es otra cosa que la confusión en la descripción de lo que es por la prescripción de lo que debe ser.

Como se puede observar, el tema por el cual se incursiona es el de la ética y, su tránsito, al arriesgamos en la especulación de la filosofía moral, está cercano de caer en el rechazo y anatemización de toda aquella filosofía moral o concepción ética que no transite por los carriles que hemos fijado y decidido que son los correctos.

De última, es el riesgo de sesgar con nuestros juicios de valor a los juicios de valores de los otros, y a partir de medirlos con nuestra vara encontrar que los juicios de los otros nunca dan la medida ni estatura suficiente como para ser creíbles y hasta "buenos". De hecho, los valores filosóficos, morales y sociales de cada uno va a teñir la forma en que se perciben las acciones e infiramos el sistema de valores de los otros. No somos ingenuos y tenemos clara la situación, sin embargo estamos convencidos que desde donde vamos a hablar de hipocresía no es desde un otero aislado y solitario, sino que creemos que es compartido por otros que piensan de manera semejante. Entonces, lo que hacemos es patentizar, testimoniar, el discurso callado o de dichos amistosos de aquellos que piensan que la hipocresía es un fenómeno que está alrededor nuestro y que cada día ocupa un mayor espacio a beneficio del espacio que estamos perdiendo aquellos que no queremos jugar con los naipes del fenómeno despreciado. Esto no significa que seamos los buenos de la película y los hipócritas los malos. Sólo significa que nos sentimos diferentes y con la necesidad de testimoniar la denuncia de una manera pública, ya sea para actuar y constituirnos en movimiento antihipócrita (el colmo del delirio), o bien sólo por el placer de decir lo que tenemos ganas de decir (y el lector por el placer de leer aquello que tiene ganas de oír).

Si es cierto que se terminaron las utopías con el fin de la historia proclamado por Fukuyama no es algo que se vaya a poner en tela de juicio aquí, simplemente interesa poder levantar una voz que diga que el decreto imperial establecido y dictado por el Nuevo Orden Internacional -desde su pax americana- no nos llegó, ignoramos su existencia y nos importa un rábano su aplicación; seguimos pensando como queremos y creemos que las utopías son necesarias, o que por lo menos son necesarias para poder seguir viviendo con el sabor y el gusto dulce que deja el saber que todavía queda un espacio de la historia para escribir con nuestro protagonismo, aunque muchos alcahuetes hipócritas del Nuevo Orden Internacional decidieran castrar su protagonismo y presencia individual y grupal en el mundo.

En definitiva, lo que pretendemos, acuciados por nuestra axiología, es que -recordando a Marx- todos para que cada uno pueda ser libre, tenga la posibilidad de tomar la libertad de ser hombres libres. Con ese mensaje es con el que -en síntesis- pretendemos llegar a los lectores de estas reflexiones.

Lo que continúa no es otra cosa que, en el decir del poeta W. Benjamín "una autocrítica de la conciencia burguesa", por lo que las aportaciones reflexivas y pretendidamente científicas no tienen más alcance que el que textualmente se lee en la frase de Benjamín. Es nada más que una autocrítica de nuestra conciencia burguesa que no nos permite dormir tan cómodamente como nos gustaría y que ha elegido este espacio para expresar y testimoniar aquello que siente que tiene que decir para quedar parcialmente en paz consigo misma.

A la hipocresía se la entiende como el discurso o conducta explícita o implícita en el que se dice o se hace de modo incongruente con lo que se piensa o se desea hacer. Tal incongruencia entre el discurso explicitado y el discurso deseado por parte del protagonista, no es una incongruencia producto de la contradicción o del error ingenuo, sino que es producto de la conveniencia táctica (1), usada para acomodar situaciones a una mejor adaptación oportunista a las condiciones circunstanciales con que se enfrentan. Hipocresía no es otra cosa que la capacidad para disimular o simular defectos y virtudes que tenemos o no tenemos -respectivamente- con el objetivo personal de ganar espacios en un mundo ante el cual, si nos presentamos como somos, quedaríamos fuera de lugar.

No es que este vicio -como lo han categorizado algunos discursos acartonados de la moralina hegemónica- o, mejor aún, esta forma de presentación de la persona en la vida cotidiana, sea innata a los individuos, sino que se trata simplemente de un aprendizaje social que puede hacerse algunas veces con dolor, y otras sin él. Pero que se incorpora a las pautas sociales de aprendizaje desde pequeño para el individuo y desde antaño para el colectivo. Tal aprendizaje permite ganar espacios y recompensas -materiales y simbólicas- que gratifican al narcisismo frente a la escala de valores expuestos en vidriera por la cultura contemporánea. El acceso a estos valores por parte del Yo sería imposible, o muy dificultoso de alcanzar, si no se recurre a estrategias hipócritas que son las que facilitan la accesibilidad a la parafernalia de valores contradictorios que conviven de manera promiscua en la misma estantería.

No se nace hipócrita, se hace; a partir del sistema de recompensas y castigos que usa la enseñanza -bajo el pretexto de la gratificación- para aprender conductas socialmente aceptadas. Desde ese momento crucial de la vida -hasta la muerte- es un muestrario de aprendizajes de conductas hipócritas que permiten vivir "mejor" con los otros, en cuanto se posibilita el acceso a bienes simbólicos o materiales preciados, apetecidos, deseados, envidiados y, lo que es mejor, sin mucho esfuerzo aparente. Sería un logro sin esfuerzos, ya que mantener una vida íntegra de conductas y discursos hipócritas requiere una cantidad enorme de esfuerzo psicológico -intelectual y afectivo-. El esfuerzo de ser hipócritas desgasta las reservas de salud mental y física, así como de salud social, con lo cual esta forma de vivir arrastra tanto a la enfermedad y la degradación personal como a la disgregación y alienación en lo social.

Obvio que los mecanismos descriptos suscintamente -en un ejercicio intelectual de sillón- no funcionan de igual modo para todos, por lo cual se advierte de la falta de generalidad que se pueda pretender atribuirle a dicho ejercicio. Hay quiénes responden de modo acabado y casi perfecto al modelo descripto; pero también hay de los otros, los que niegan sus contradicciones con el afán de preservar no sólo su salud mental, sino también de proteger los privilegios y las posiciones adquiridas, llegando al colmo de ser hipócritas frente al espejo, en cuanto llegan a engañarse respecto a la imagen devuelta.

Es oportuno hacer una distinción necesaria para avanzar. Se trata de dos constructos que se confunden y que interesan sobremanera: hipocresía y mentira. Sobre hipocresía, de alguna manera, se ha esbozando su sentido. Acerca de la mentira, esta es un artificio intelectual y afectivo que se expresa por vía oral y en el cual se trasunta la intención de engañar al otro con argumentaciones convincentes, todo esto con el objeto de cambiarle la realidad para favorecer la propia situación. Hasta aquí no parece haber mayores diferencias entre uno y otro concepto; sin embargo se visualizará la misma al añadir que en la mentira ella tiene lugar para salir de una situación incómoda, siendo así consciente el protagonista del hecho de que está mintiendo. Es decir, el actor sabe que no está diciendo la verdad y, ese saber, es tanto un saber cognitivo como afectivo que tiñe con sus deseos al conocimiento que se tenga del episodio.

En la mentira hay una expresa y consciente falsificación de la verdad, ya sea para ocultar un hecho o bien para deformarlo. En este sentido suelen ser inteligentes los códigos penales contemporáneos que, al incorporar la figura del "falso testimonio", solo encuadran bajo su capítulo las falsedades de la realidad que pueden ser demostradas con intencionalidad del acusado, o del dicente testimoniante, por falsificar el relato de los hechos.

En la hipocresía no existe la intencionalidad descripta en términos de la realidad objetiva externa, sino que lo que se oculta, exagera o deforma, son contenidos de la realidad objetiva interna que -normalmente- entran en el ámbito de las relaciones interpersonales directas y no mediatizadas por otras personas, hechos o elementos del ambiente. Además de los contenidos no conscientes que existen en el actuar hipócrita, aparecen también los contenidos conscientes al igual que en la mentira. Más, en general no se encontrará en la hipocresía la intención expresa de provocar un daño a otro, sino que apunta a producir beneficios a sí mismo u objetos ligados al actor.

Se puede afirmar que mientras en la mentira hay una alteración del orden de los hechos externos, en la hipocresía hay una alteración de los estados afectivos que vive el actor de la conducta hipócrita.

Se puede comparar a la hipocresía con el sofisma, desde que la sofística -la de Protágoras e Hippias- se transformó en retórica vacía de contenido, llegando a alcanzar la conciencia de falsedad en la expresión del razonamiento incorrecto por parte de los sofistas, especialmente de los dos primeros siglos de la cronología que cuenta la historia en que nos movemos. Sin embargo, la posible relación entre hipocresía y sofisma es falsa desde que en el sofisma hay conciencia de la incorrección de lo que se afirma, en tanto que en la hipocresía no es necesario que haya tal capacidad cognoscitiva, siendo, mas aún, el desconocimiento un rasgo característico de la hipocresía. El sofisma no es otra cosa que una mentira con plena conciencia, pero sin la búsqueda oportunista de lograr ventajas que vayan mas allá de las que puede llegar a provocar el propio ejercicio intelectual en que se encerró el sofista. Por lo que la diferenciación no merece más tratamiento.

En definitiva, debe quedar claro que en absoluto han podido dejar aclaradas las diferencias entre la hipocresía y la mentira. Lo que se acaba de afirmar y que parece ser un juego de palabras perogrullesco no es más que un juego de palabras. Las diferencias no son claras por que las mismas no tienen la magnitud que permita diferenciarlas como entidades absolutamente diferentes. En todo caso -a través de la lectura anterior se desprendió- son dos constructos que tienen límites poco claros y con una superposición que facilita la confusión. Pese a todo, la hipocresía no es más que una de las formas que puede llegar a asumir el constructo mayor mentira.

Un acto hipócrita es "mentir" hacia adentro y hacia afuera. Al Yo y hacia los Otros. El sí mismo se construye y sostiene sobre la base de mentiras sistemáticas y coherentes, aunque esto que se describe no se da necesariamente siempre así. Las mentiras sistemáticas y coherentes, se venden, ofrecen, entregan a los Otros para facilitarles a ellos usarlas como un espejo donde reflejar la imagen de ése sí mismo que, ya devuelta por los Otros, se incorpora nuevamente al sí mismo que originalmente la emitió, pero reelaborada y digerida por el proceso de amalgamiento y prefiguración que han hecho quiénes la devolvieron al poseedor originario. Es decir, hay una mentira hacia los Otros que se reelabora como una verdad -sobre base falsa- que se refleja como una mentira hacia el sí mismo.


(1) La famosa pragmática, en el decir postmoderno, como así también de algunos políticos del folklore de estadistas que se prenden en cualquier argumentación para justificar sus cambios de camisa.

>>> VOLVER A DICCIONARIO | IR A BIBLIOGRAFIA GENERAL