NÓMADAS - REVISTA CRÍTICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS
12-2005/2 | Universidad Complutense de Madrid | ISSN 1578-6730
 
¿La historia vuelve a repetirse?
Angel Rodriguez Kauth
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INTRODUCCION

Si bien en la vida política de las sociedades -como en otro orden cualquiera- la "historia no vuelve a repetirse", también es verdadero que "no existe nada nuevo bajo el sol". Es decir, la historia no condena a un futuro preciso -ya escrito- también es cierto que la historia tiende a repetir ciclos espiralados por los cuales transitan los hechos que aparecen en diversas épocas y que no son totalmente originales en sí, aunque tampoco sean diametralmente diferentes a los ya conocidos por haberlos vivido (Sorokin, 1945). Vale decir, el observador atento al decurso de su realidad inmediata puede encontrar las semejanzas y diferencias entre los episodios políticos que ocurren en su actualidad y los de un pasado remoto o cercano -la distancia en el tiempo y el espacio es irrelevante- que de alguna manera fueron capaces de conmover los cimientos de una sociedad en su pretérito.

Estos sucintos recordatorios sobre la dirección del cambio social es necesario tenerlos presentes al intentar describir e interpretar la situación política y social en que transcurre la vida para los habitantes de la Argentina a mediados del año 2004.

ALGUNOS HECHOS SOCIALES ACTUALES

La sociedad argentina está viviendo un clima de incontrolable violencia, la cual se testimonia tanto en el espacio de las expresiones verbales como en el de la inseguridad ofrecida por la delincuencia -altos índices de criminalidad común- que se encuentra en una especie de clímax, que repercute en la percepción social compartida de alta inseguridad que se vive, la cual atraviesa psicopolíticamente la subjetividad de individuos y colectivos. Esos índices pueden ser reducidos analíticamente como el producto -en principio- de dos indicadores indiscutibles: a) la pobreza en que está sumida casi el 50% de la población, según cifras oficiales gubernamentales, que han sido corroboradas por estudios privados; y b) el aprovechamiento de tal situación por parte de la "mano de obra desocupada" (NOTA: Eufemismo usado para referirse a miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad desplazados de sus trabajos. Esto debido a que se les descubrió un pasado sombrío de homicidios y torturas durante la última dictadura militar o porque fueron descubiertos como cómplices de la delincuencia común al "cubrir" a criminales para realizar sus fechorías teniendo su protección, lo cual ha llevado a que altos oficiales policiales tengan patrimonios millonarios que no pueden justificar) que aprovecha las condiciones citadas en el primer punto no sólo para continuar los "negocios" ilícitos, sino añadiéndole el objetivo de desestabilizar el proceso de gobernabilidad a partir de aumentar la percepción de inseguridad domiciliaria y callejera que domina a la mayor parte de la población.

Esto ha sido ratificado por el Ministro del Interior -en junio de 2004- al decir que se está "viviendo en un clima de violencia". Un mes más tarde el escritor y hasta hace pocos días embajador en Madrid -Abel Posse- llegó a decir en una entrevista periodística al diario porteño La Nación que Argentina está "al borde de la anarquía" debido a que el gobierno de Kirchner se ha equivocado "en la esfera del orden público". A ello añadió que "En la Argentina ya no se puede hablar. Es un país que perdió la libertad [...] Hemos perdidos esa libertad emocional y constructiva de lo que se dice de buena fe no se tome como lo contrario. La Argentina está viviendo de mala fe [...] Todas las mañanas hay réplicas y peleas".

Lo último refiere explícitamente al uso de la refutación y la descalificación con que voceros gubernamentales -y el Presidente- refutan a sus adversarios políticos. En sí la refutación no presenta mayores problemas en el debate democrático de ideas y proyectos. La situación se complica cuando en la refutación se utiliza la descalificación del otro, no en términos de argumentaciones, sino en cuanto a persona, ya que se arguye que moralmente no está capacitado para participar en el debate democrático y a lo que se apunta es a la muerte simbólica del rival ocasional, a la destrucción de su imagen pública. Este no es precisamente un método democrático ni honesto de debate. Más, ello no termina ahí, ya que se continúa con la persecución o intimidación del otro -o los otros- que no piensan igual a los que detentan el poder. Esto se observa en la exclusión de periodistas críticos de sus espacios y es una práctica que entra en lo antidemocrático. El paso siguiente -al que afortunadamente no arribamos aún- es el de la muerte del otro, esa es una metodología propia de las dicta-duras a las que se llega pasando previamente por las dicta-blandas. Un lugar que con pesimismo estimo que recorremos.

Obvio es que sobre la desazón transitada los medios de comunicación se montan para hacer pingües negocios. No inventan las noticias, sólo las remarcan o magnifican, a punto tal que cualquier informativo de televisión dedica más de un 70% de su programación al relato de asaltos a mano armada, tiroteos, homicidios violaciones y secuestros; además de dedicar una parte a inflar las declaraciones de políticos y de gente común en sus intempestivas afirmaciones en contra del gobierno de Kirchner, quien responde con igual irreverencia. Vale decir, los hechos sociales descriptos están ahí, al alcance de la mano de cualquier espectador de la TV vernácula o lector de periódicos locales.

Al igual que a fines de 2001, en que el pueblo salió a la calle bajo la consigna de "que se vayan todos", a casi tres años hoy la "gente" (NOTA: Otra forma eufemística para referirse a los otros y no implicarse en la cuestión (Magallanes, 1992)) reclama -como un ejemplo entre tantos- ante funcionarios policiales en las puertas y cercanías de las comisarías reclamando que se haga justicia por la muerte de algún vecino sobre el que ellos sospechan que fue producida por efectivos policiales.

De tal modo se presenta la paradoja que mientras por un lado se pide mayor presencia y actividad policial en la represión del delito, por otro lado se cuestiona duramente -y hasta con agresiones físicas a miembros de la policía y a bienes que son patrimonio de la comunidad, como ser comisarías y patrulleros que son los blancos preferidos de las iras populares- a lo que ha dado en llamar "la maldita policía", por su participación en homicidios y torturas aleves contra jóvenes de una barriada o de ser cómplices por omisión en hechos delictivos tales como "proteger" a quienes se encargan del trabajo de las prostitutas o al tráfico de drogas.

En síntesis, el clima social que se vive es violento, aunque debe observarse que no existe aún la represión violenta a las manifestaciones sociales, salvo las de la policía contra individuos pertenecientes a la militancia política e ideológica del campo popular; esto no se da en manifestaciones públicas, como la de los piquetes. La violencia se halla presente en lo cotidiano y se la encuentra -básicamente- en el enorme hiato abierto entre la pobreza de muchos y la riqueza de unos pocos. Este no es fenómeno nuevo en las sociedades capitalistas como es de la argentina, más lo novedoso está -para nuestra historia- en que los sectores más castigados por la pobreza comenzaron a rebelarse contra la injusticia y, sobre toda, en oposición a la inequidad (Rawls, 1977; 2002) que se instaló en un sector mayoritario de la población. De ahí surgieron los colectivos sociales denominados "piqueteros", que tanto asustan y hacen temer a los sectores burgueses de la sociedad puesto que aquellos cortan rutas, calles, y hasta estaciones de trenes y de peaje sin permitir que se cumpla con el precepto constitucional que garantiza la libre circulación de la personas por el territorio nacional (Svampa y Pereyra, 2003). Esto no quita que la adormecida clase media -la de los ahorristas que perdieron sus dineros a manos de los "bancos ladrones" (Rodriguez Kauth, 2002) con la pertinaz complicidad de los diferentes gobiernos que se sucedieron a lo largo de tres años. Esos ahorristas que repudian y exigen la represión violenta contra los piqueteros no dudaron en utilizar la metodología de aquellos cuando el 13 de junio de 2004 tomaron por asalto nada menos que el recoleto ámbito de la Suprema Corte de Justicia violentamente rompiendo las vallas que impedían acceder y prendieron una fogata -al estilo piquetero- en un patio interior del edificio.

El fenómeno "piquetero" merece detenernos unos renglones en él. Nació con la pobreza y la indigencia en el interior del país, pero rápidamente fue absorbido -y usado- por sectores medios que ahora los detestan y piden su represión, es decir, cuando la pequeña burguesía vio atrapados sus ahorros por los bancos y financieras a partir de lo que se conoció como el "corralito" en diciembre de 2001 y que volteó a un gobierno tambaleante -por lo autista- como fue el de De la Rúa dos semanas más tarde. En ese momento -los que ahora los desprecian y exigen la disolución de los piqueteros- se unieron a ellos en manifestaciones públicas que se hicieron famosas por su metodología de batir cacerolas al grito unánime y vocinglero que "se vayan todos" (Pereyra, 2002; Rodriguez Kauth y Parisi, 2003). Pero la alianza estratégica de clases duró lo que las uniones sin una base ideológica que convoque. Estuvieron juntos para superar la coyuntura que, una vez satisfechas parcialmente las pretensiones de los burgueses medios -o mediocres (Ingenieros, 1913)- abandonaron a sus aliados de protesta callejera para primero mirarlos con la indiferencia propia de quienes observan un hecho que alguna vez les fue útil para luego abandonarlos a su suerte y exigir a través de diferentes mecanismos, en especial la prensa, la inmediata represión y disolución de aquellos que interfieren con sus tareas cotidianas.

Son los que actualmente ven con ojos temerosos a quienes usan metodologías rayanas en los de un aparato militar, esto es, en formaciones de cuadros armados con palos y encapuchados (NOTA: De igual forma a los grupos represivos para mantener su anonimato) que no sólo interrumpen el tránsito, sino que atacan en sus reclamos políticos las sedes de empresas multinacionales que no invierten sus ganancias en el país sino que se las llevan al exterior, es decir, a sus casas matrices (Gabetta, 2002). He aquí una de las grandes paradojas argentinas; se reclama -atinadamente- que el capital extranjero invierta en el país más, simultáneamente, la Provincia de Santa Cruz, que fuera gobernada por el actual Presidente Kirchner por más de una década, ¡ha depositado en el exterior una suma superior a los 500 millones de dólares y no los piensan repatriar hasta que el país no salga de la cesación de pagos internacional!

Lo que venimos reseñando son signos de violencia, ya no de una violencia enmascarada con paliativos sociales para cubrirla, sino de una violencia desembozada que se trasunta en las calles no solamente con cortes piqueteros, sino que se  la encuentra en el alto índice de percepción de inseguridad (NOTA: Obsérvese que la ciudad de Los Angeles tiene una estadística de unos 16.000 robos y 500 homicidios semanales, los cuales no hacen que sus ciudadanos perciban el mismo nivel de inseguridad en que lo hacen los porteños con índices mucho menores).

¿QUÉ PASABA EN OTRA EPOCA NEFASTA?

A la hora de hacer comparaciones acude a la memoria lo que ocurría en Argentina para la década del '70 y la comparación no es casual. Se vivía por entonces un clima semejante de violencia a la descripta suscintamente con la actual. Preciso es rescatar lo que señalara en la Introducción, la historia no vuelve a repetirse de manera idénticamente igual. Esto obedece no sólo a una ley histórica señalada por Hegel (1841) sino que sus antecedentes se encuentran en leyes físicas que son más perdurables que las de las "ciencias blandas" (Rodriguez Kauth, 1998). Es donde interviene la Segunda Ley de la Termodinámica con su principio de entropía, que ha desvelado tanto a físicos como a filósofos (Prygogine y Stengers, 1987). Teniéndola en consideración se puede leer a la historia bajo la luz de los principios analógicos y así es que me permito hacer tal comparación con el período que más daño causó a la evolución y sostenimiento de las instituciones democráticas de la República.

Por esa época también señoreaba la violencia física y verbal; la primera no era de delincuencia común, sino que se instaló en el plano político e ideológico instituida desde abajo como desde arriba de la cúpula del Poder. Fue cuando diferentes grupos políticos radicalizaron la vida política a partir de la desaparición física de sus oponentes. Ya fueran de grupos armados opuestos al rumbo marcado por las diferentes conducciones del Estado que variaban en 180 grados según quienes gobernaban o por la inmediata reacción que desde el Estado se respondía a aquellos (NOTA: Esto no avala la "teoría de los dos demonios" que los militares usaron a posteriori para justificar el genocidio al que sometieron a la población) con organizaciones paramilitares como la Triple A. La violencia verbal estaba a la orden del día en encendidos discursos o declaraciones en que se acusaba al oponente de ser quien llevaba al país al caos, más lo cierto es que se cumplió con la ley sociológica de la profecía que se cumple a sí misma (Merton, 1944). Es decir, el país terminó en un caos de la mano de los militares que tras asaltar el poder condujeron al Proceso de Reconstrucción Nacional. Pero antes que llegaran los usurpadores del poder ya el país vivía en un clima psicosocial de violencia que -desde la psicología política puede ser parangonado con el que se camina por una actualidad zigzagueante que no encuentra el rumbo de la gobernabilidad por parte de un gobierno que coquetea simultáneamente con unos y otros, a la par que no deja de atacar en sus discursos -y hasta penalmente- a todos los que no se someten a su implícito proyecto de imponer el "pensamiento único" (Estefanía, 1997), el de la Verdad que ellos suponen tener.

CONCLUSIONES

Estas líneas fueron escritas bajo el dolor de recuerdos de hechos que marcaron a fuego la contemporaneidad argentina, como así también al autor de las mismas. No pretenden ser premonitorias -quehacer alejado de lo científico- acerca del futuro mediato o inmediato del país, su objetivo es alertar acerca de que si no se modifica el rumbo de la pelea constante entre sectores políticos en pugna reemplazando a la querella por el diálogo, al enfrentamiento por la búsqueda del consenso y el acuerdo, entonces vamos por un peligros camino. El diálogo necesita del otro para hallar de consuno una negociación que sea mutuamente satisfactoria y a él no se llega con la descalificación, ya que psicológicamente es muy probable que el otro también la use para con su interlocutor, con lo cual lo único previsible es un aumento geométrico de la espiral violenta.

Es un sendero que ya recorrimos hace más de un cuarto de siglo, lo conocemos y pese a eso nadie advierte el desastre al que conduce. No es mi pretensión alertar de que los militares están nuevamente velando sus armas, pero no deja de extrañar que alguno de ellos -con la complicidad de otros camaradas- haya recientemente amenazado de muerte a un diputado nacional adicto a Kirchner bajo el rótulo "de montonero hijo de ..., te vamos a matar". Esto debe advertirnos que no es imposible una nueva aventura militar, sobre todo bajo el amparo de un guiño protector de los EE.UU. que no ve con buenos ojos la política exterior del país en cuanto se refiere a mantener cordiales relaciones con H. Chávez mientras conserva en frío la cesación de pagos que lleva más de dos años y medio.

BIBLIOGRAFIA

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