NOMADAS.8 | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730

Los efectos perversos de la comunicación
[Carlos Soldevilla]


RESUMEN.- En una cultura tecnocientífica como la del presente, la comunicación no emerge de la continuidad de las experiencias en común, ni tampoco de la adopción de los valores y normas transmitidos por la tradición y la ética (los dos sólidos continentes desvanecidos por la globalización). La comunicación, sobre todo, en lo que tiene de entramado relacional que se apoya y pivota sobre las nuevas tecnologías electrónicas del sonido y de la imagen, resulta más bien la resultante de un juego de fuerzas antagónico. Por un lado como la vía regia hacia la reconciliación humana, bien en la forma de un telos que oriente la acción social (Habermas, Luhmann, Vattimo). Mientras que por otro, la comunicación se convierte explícitamente en un dispositivo de disolución ontológica de la subjetividad y la comunidad, ante los requerimientos axiomáticos de los nuevos paradigmas de las ciencias cognitivas, que subsumen subjetividad y comunidad en el flujo de relaciones intersistémicas, criticado por varios autores como el nuevo dispositivo de poder masológico, propio de la actual sociedad cibercultural (Sloterdijk, Virilio, Baudrillard, Augé)
Palabras clave:
ABSTRACT.-
Key words:
Introducción
Los antecedentes barrocos de la actual cultura de la comunicación
La actualidad de la comunicación en las ciencias sociales
la subsunción ontológica: episteme comunicativa vs sujeto (del inconsciente) y comunidad (vernácula)
Los precedentes científico-modernos de la exclusión de la "subjetividad" y la comunidad (intersubjetividad) natural
La disolución comunicativa de la subjetividad en la Psicología contemporánea
La radicalización de la episteme comunicativa en la Cibercultura
La necesaria toma de postura: detractores y entusiastas de la episteme comunicativa
Algunas ideas, a modo de conclusión
Bibliografia Notas

¿Dónde está la Vida que hemos perdido viviendo?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información y comunicación?
[T.S. Eliot]

1/ Introducción:

Desde hace algunos años vengo trabajando en torno a los factores psicosociales relacionados con la Cibercultura. Más en concreto, me preocupa fundamentalmente cómo los modelos de identidad y de comunidad, arraigados en una específica tradición cultural, son disueltos progresivamente por los nuevos modelos híbridos altamente tecnologizados que, a mi juicio, operan como actualísimos referentes de identidad individual y colectiva (trasplantes, implantación de prótesis, clonación artificial, cibercuerpos en el plano individual; globalización, unificación política y económica, migración generalizada, en el social).

Fruto de esta preocupación por el impacto de estos nuevos procesos de hibridación en los diferentes espacios individuales y colectivos, han sido algunas de las líneas de investigación que he abordado en los últimos años y que resumo brevemente a continuación.

Primero, abordé en qué medida podría establecerse una comprensión psicoanalítica de la génesis del proto-objeto técnico (Soldevilla. 1999); y en cómo éste ulteriormente se convertía en todo un despliegue sociocultural cuya configuración aparece bajo el nombre de Cibercultura, mostrando cómo ésta incuba unas nuevas formas de intersubjetividad híbridas: ciberfeminismo, ciberpunk, etc.. Ahí se cristalizaba, por un lado, una evidente disolución de la subjetividad (natural, clásica, tradicional); mientras que, por otro y, por compensación, dichas propuestas venían a constituir unas nuevas formas de yo ideal, que operaban como referente de adscripción y conducta (1).

Más tarde profundicé en el estudio del impacto en el cuerpo de las formas propias de la civilización tecnológica y, por tanto, en los actuales procesos de hibridación corporal subsiguientes (incorporación de prótesis, transexualidad, fecundación in vitro, cibercuerpos, etc.) (2).

Tras ello, y con esto me ubico ya en el espacio de este Congreso, me interesó en qué medida la comunicación, actualizando las tesis de Paul Watzlawick (1989), venía a constituir un doble vínculo. Así, mientras por el lado positivo, era vehículo de realización y amplificación de las mejores posibilidades subjetivas e intersubjetivas; desde su costado negativo, se convertía en un medio de disolución/trastorno del yo, así como de las relaciones con sus circunstancias sociales.

Este doble vínculo de la comunicación, sintonizaba además con otro núcleo temático que considero importante: el del análisis de las configuraciones socioculturales, a partir del estudio de las relaciones entre estilos artísticos y formas de vida sociales. Ámbito propio de la sociología del arte, desde el que se pueden explorar con gran riqueza temática las características sociológicas más significativas de nuestra actualidad cultural, definida por varios autores como Neobarroca (Omar Calabrese. 1990. 1992; Chr. Buci-Glucksmann. 1994; José Miguel Marinas. 2000. 2002). De esta forma, resultaba articulada la relación entre la configuración sociocultural del Barroco y sus indudables perfiles y requerimientos comunicativos, que paso a desarrollar a continuación.
 

2/ Los antecedentes Barrocos de la actual cultura de la comunicación:

El primer testimonio sobre la caracterización barroca de nuestra época lo encontramos en las tesis situacionistas de Guy Debord, que en su obra "La sociedad del espectáculo" (1967 : 127 y ss.) afirma que el siglo XX es la fase final del Barroco, en la cual el control y la regulación sobre imágenes y comunicaciones, conseguido gracias a las nuevas tecnologías, ha llegado a ser absoluto y, por consiguiente, a través de imágenes y comunicaciones el poder político construye opinión pública, conciencia, imaginario social, en definitiva.

Entre nosotros ha sido José Antonio Maravall, quien en su estudio sobre "La cultura del Barroco" (1975), hace remontar a esa época las primeras estrategias de comunicación masiva, cuyo contenido no consistía en una mera transmisión de mensajes culturales, sino más bien un programa estratégico de creación de estímulos sensoriales, generados artificialmente por medio de la imagen y de su comunicación espectacular, y cuya función era distraer, aturdir y manipular la opinión pública y la conducta colectiva a través de los potentes recursos estéticos, situando el acento en la extremosidad, lo ampuloso, donde no interesa tanto la claridad, sino lo aparente, lo alusivo, la visión más difusa y decorativa. Todo ello al servicio de una acción dramatúrgica, expresa en los diferentes actos, informaciones y comunicaciones, con el objetivo de que pudiesen tener un efecto dirigido a la colonización de las opiniones, las actitudes y los comportamientos colectivos. Recursos empleados por una cultura que, según Maravall, era "dirigida, masiva y urbana". Por eso, la cultura del Barroco se preocupó sobre todo del vaciado de los contenidos de fondo para acentuar la espectacularización de las cuestiones crematísticas, icónicas y comunicativas.

Retornando al análisis de Debord, hemos de convenir que esta seminal cultura Barroca de la comunicación ha quedado superada por los actuales medios de comunicación de masas y por una estrategia neo-barroca que hipertrofia la información y la comunicación (y con ellas: el énfasis en el entretenimiento, el consumo y ocio de actividades culturales diseñadas) a costa de los contenidos más hondos, más importantes, más sustantivos del individuo, la sociedad y la cultura: los contenidos ontológicos.

Recogiendo estas cuestiones que relacionan la cultura del Barroco con la comunicación, mi tesis va a ser la siguiente: que el exceso de una comunicación (convertida en la actual era cibercultural e internauta, en una verdadera sociedad y cultura comunicativa), emerge y se desarrolla a costa del socavamiento de las cualidades ontológicas subjetivas e intersubjetivas hasta ahora conocidas, respecto a lo que es un sujeto y una comunidad humana. Esto es, la de un sujeto todavía conocido por las generaciones que le han precedido, por sus vecinos, por sus mayores de edad, por los habitantes pertenecientes a la comunidad y a la cultura vernácula.

Disolución, por tanto, de la ontología subjetiva y comunitaria, ante el empuje del imperativo de una comunicación permanente y global, cuyo objetivo último, a mi juicio, es conseguir la desubstanciación, el vaciamiento de las cualidades propias de subjetividad y comunidad, para así poder convertir en un homogéneo, plano y unívoco continente masa, a individuos, sociedades y culturas autóctonas; y, tras ello, conseguir su fácil manejo a través de cantidades, mensuraciones y políticas de masas, llevadas a cabo por la ingeniería social al uso que, en nuestra actual época cibercultural, apuesta por la alianza "neobarroca" entre trivialidad y efectos especiales, gracias al imparable ascenso y colaboración de las industrias del entretenimiento/envilecimiento ocupadas en producir, como afirma Peter Sloterdijk (2002), una nueva "clase universal satisfecha". Pero, pasemos ahora a ver cual es la impronta de la cultura comunicativa en las ciencias sociales.
 

3/ La actualidad de la comunicación en las ciencias sociales:

Pienso que existe un generalizado consenso respecto a que, el siglo que ahora comienza, se caracteriza, entre otras cosas, por una creciente y acelerada difusión de las nuevas tecnologías vinculadas al hipersector de la comunicación y la información, que está teniendo por consecuencia una profunda transformación en las formas contemporáneas de subjetividad y sus modos o estilos de vida (Soldevilla. 1998).

El paradigma societario que regía hasta el ultimo cuarto del siglo XX, basado en el pleno empleo, la familia tradicional y el Estado de Bienestar, dentro del formato de los Estados nación, ha sido desplazado por un nuevo modelo societario fundado en la economía burbuja de los flujos e intercambios financieros, el dominio estratégico de las grandes multinacionales, la disolución de los Estados nacionales y el incremento del individualismo como base de un consumo generalizado y estimulado por las grandes compañías comerciales.

Descriptores, todos ellos, que dan pie a un doble proceso. Primero, a una uniformización de los nuevos modelos subjetivos e intersubjetivos en los estilos de vida propios de la sociedad de consumo, difundidos por los diferentes medios de comunicación (Soldevilla. 2001c). Mientras que, por otro lado, provoca, siguiendo el oportuno juicio de Fernando Ariel del Val: "reacciones culturales intensamente particularistas, exaspera las identidades etnonacionales, aviva los fundamentalismos y hace emerger la anarchical society" (del Val Merino. 1999 : 8).

Pero, dejando atrás la descripción generalista, el aspecto que ahora me interesa detenerme es en cómo este auge de la información y la comunicación coincide con lo que, a mi entender, se puede caracterizar cómo una disolución de las señas de identidad individual y colectiva ante el empuje de los modelos convencionales, difundidos a través de los medios de comunicación. De esta manera, el individuo y el grupo han dejado de tener relieve ontológico, es decir, han dejado de tener razón de ser, para pasar a convertirse en unos puntos en la inmensa red de comunicación en que se ha transformado la sociedad, no en balde denominada de la información y la comunicación.

En apoyo de esta premisa, acudo a la tesis de uno de los más importantes apologistas de la sociedad de la comunicación, Niklas Luhmann (1984), que afirma que la sociedad moderna, a diferencia de la tradicional, ya no se compone de grupos de personas (clases, estratos, capas sociales), sino de tipos de comunicación (económica, política, jurídica, etc.). Según Luhmann, en la sociedad comunicativa el individuo ha cedido su puesto sustantivo, para convertirse en un yo insustancial/vacío, que como psique sólo existe en la encarnación de sus roles sociales y sus correspondientes mensajes comunicativos. O mejor, según la terminología luhmanniana, que los subsistemas bio-psicológicos son subalternos de los sistemas sociales que los rigen, los modifican (a través de los procesos de hibridación) y los conducen, siguiendo los criterios e intereses de los grupos sociales dominantes y sus redes de información y comunicación correspondientes.
 

4/ La subsunción ontológica: episteme comunicativa versus sujeto (del inconsciente) y comunidad (vernácula):

En consecuencia con lo anterior, mi propósito en esta ponencia es dar razón y cuenta, en un plano crítico reflexivo, de las consecuencias psicosociales de la episteme comunicativa (3), en el sentido de que, a mi juicio, es en ella donde la ontología o la antropología son subsumidas por la lógica del desarrollo científico tecnológico, expresa en la lógica de la comunicación. Saber comunicativo que obedece a una determinada política tardocapitalista que, utilizando la tecnología electrónica punta, pretende superar el antagonismo hombre-naturaleza, para así imponer sus intereses, los cuales encubren, proponiéndolos como de acuerdo con las necesidades de la mayoría social.

No obstante, conviene hacer la objeción, de que no pretendo cuestionar la eficacia de la comunicación, pues sobre ella se sostiene muestra realidad inmediata. Sí quiero hablar, en cambio, de sus efectos en lo que, hasta ahora, se ha venido entendiendo por subjetividad y comunidad, temática que, en este Congreso, nos ocupa, pues son cuestiones que, de forma crucial, atañen a la teoría y a la práctica del psicoanálisis.

Varios han sido los autores que han señalado que en la episteme comunicativa no se inscribe el sujeto del inconsciente psicoanalítico. Baste citar, en este sentido, el trabajo de Jesús González Requena (1996). Pues, convengamos junto con él, que la teoría psicoanalítica tiene que ver con algo que no puede ser fácilmente entendido y comunicado: los avatares del trabajo de la pulsión en los ámbitos subjetivo e intersubjetivo.

Con esto no descubro ningún Mediterráneo, pero si que lo manifiesto con el deseo de subrayar la fisura ontológica que existe entre Psicoanálisis y Comunicación, pues esta última no cuenta con el sujeto del inconsciente, para, por el contrario, reducir la subjetividad a su potencia de racionalidad comunicativa. Esto es, para subsumir, como diría Lacan, sus registro "simbólicos" y "reales" en el plexo unívoco y totalitario de lo "imaginario".

Sin embargo, esto no es así en otras áreas de conocimiento, en donde, por ejemplo, podemos comprobar fácilmente cómo el imperio de la episteme comunicativa se extiende cada vez más en el campo de las ciencias sociales. De ahí, que desde el conductismo, el cognitivismo a la neurociencia en psicología; así como, en la reconversión del estructural-funcionalismo en teoría de sistemas en sociología, todas estas áreas de conocimiento científico social tienden a converger, a mi juicio, en la necesidad de adoptar el paradigma de las ciencias cognitivas y, tras él, validar sus diferentes apuestas a favor del conexionismo (4). Pero hagamos un poco de historia, a fin de ver los antecedentes.
 

5/ Los precedentes científico-modernos de la exclusión de la "subjetividad" y la comunidad (intersubjetividad) natural:

Todas los disciplinas científico sociales antes mentadas, participan del imperativo comunicativo frente al ontológico como condición de todo conocimiento, desde el inicio de la Ciencia Moderna. Recordemos que, para Descartes, el yo-cognitivo es un operador eficaz de comunicaciones entre sus cogniciones y las representaciones subsiguientes y, por tanto, deviene en un significante más en la infinita red de comunicaciones. Mientras que, para el "a priori" kantiano, la condición de toda instauración de la experiencia bajo un régimen de universalidad cognitiva, supone la eliminación de la subjetividad, no sólo como una alma ontologizada, sino también como conciencia social y como memoria histórica (estos serán los puntos álgidos de la crítica de Hegel a Kant).

Gracias a Descartes y Kant, la ciencia de la modernidad hace del a priori cognitivo y del proceder lógico matemático, el fundamento de la verdad del ente. De ahí, que a dicho saber va a corresponderle una verdad formal que, además, va a servir de fundamento para la episteme comunicativa, que consistirá en el establecimiento del eje de transmisión-recepción de unos mensajes o proposiciones que pueden entenderse, codificarse y transmitirse con garantía lógico-matemática (Wittgenstein. 1979).

Ahora bien, este modelo de pensamiento y de comunicación adolece de una hipertrofia cognitiva, a costa a suprimir los aspectos más propios del sujeto: su cuerpo, su deseo, su voluntad, su estilo, etc.. Así, el saber referencial de la ciencia moderna, basado en la comunicación formal entre variables (con garantía lógica y matemática) se desarrolla gracias a la operación de vaciado de los atributos cualitativos de la subjetividad, haciendo que ésta se convierta en tabula rasa para su ulterior conformación como receptáculo homogéneo, objetivo y universal disponible para la recepción de información y a sus posteriores fases de elaboración y comunicación.

Posteriormente, este vaciamiento de los atributos de la subjetividad, fue reforzada por la física clásica, que se vió obligada a excluir de su ámbito las cualidades secundarias: el color, el olor, el sonido que, a diferencia de las primarias, sólo existen mientras alguien las siente; y también los juicios de valor y las intenciones. La causalidad, la medida, la predicción exacta, no dejaban lugar para la libertad, para la espontaneidad, para el síntoma, para aquellos atributos, en definitiva, sin los que la persona resulta inconcebible.

De esta forma, la comprensión de las cosas por sus principios (arché), propia de la visión aristotélica del sujeto como hypokheimenon, como substancia a la que le son inherentes cualidades propias), se sustituyó por una explicación relacional, si me permiten, comunicativa. Así, las cosas pasaron a explicarse unas por otras, en términos de sus interrelaciones mensurables lógica y matemáticamente.

De este modo, el rechazo de la idea de principio se compaginó con la aniquilación del fundamento ontológico. Obviamente, al dejar de ser un principio y entrar en el juego de los efectos y las causas, el sujeto psicológico perdió su identidad, su autosuficiencia, para convertirse en un mero resultado de las entradas y salidas de los procesos lógicos, de las correlaciones, en suma, de los mensajes comunicativos. Con ello, el discurso del método científico moderno se antepuso al "ser" y a sus "atributos y cualidades".

Todo ello contribuyó a que, tras el triunfo de la mecánica de Newton, surgiese un paradigma científico social inspirado en ella. Ese fue el desafío del trabajo de Comte, pero al precio de operar con un modelo de hombre sin physis, sin identidad, sin fundamento subjetivo, sin intencionalidad, sin operaciones propias y, a la postre, sin una consistencia subjetivo-personal.

Por lo tanto, el positivismo y el neopositivismo posteriormente suprimieron no sólo al sujeto, sino también la pertinencia y relevancia de las metodologías cualitativas (ideográficas); y, todo ello, para explicar un comportamiento individual y/o colectivo en términos de las relaciones/comunicaciones entre las distintas variables que, previamente, habían sido escogidas para definirlos.
 

6/ La disolución comunicativa de la subjetividad en la Psicología contemporánea:

La consecuencia negativa de haber adoptado este modelo científico natural por parte de las ciencias sociales, a partir del positivismo, fue que la cultura, la historia, la vida humana no entraban en el juego de la mecánica, no se compaginaban con el determinismo del método de la física. La causalidad, la mensuración, la predicción exacta no reconocen atributos subjetivos; y sin ellos, la vida humana quedaba mutilada, reducida a simulacro de conducta, en la que posteriormente se volcaría la psicología contemporánea, con la singular excepción del Psicoanálisis.

De este modo la psicología prescindió de la subjetividad, desembocando con Watson en el Conductismo que, en vez de hablar de asociación de ideas, habla de estímulos y repuestas condicionadas. Paradigma, en el que el modelo de la explicación causal podía aplicarse sin más a una ciencia de la conducta que estudia las relaciones entre los estímulos y las respuestas, sin tener en cuenta mediación subjetiva alguna. Con ello, la "subjetividad" quedó soslayada del vocabulario del comportamentalismo, pasando a ser significada como "caja negra".

Posteriormente el Cognitivismo daría un crucial paso hacia el vaciamiento de las cualidades propias de la subjetividad al subordinar su epistemología "racionalista" (exclusión del mundo emocional, de la personalidad) y "representacional" a la analogía mente-ordenador. Haciendo depender, por tanto, su desarrollo del desarrollo de la máquina. Así, en un primer momento se hizo una comprensión de la mente como un mero canal de información. Luego fue desarrollándose la concepción de la mente como un procesamiento de los flujos de información/comunicación, para llegar al "conexionismo" a mediados de los años 80s, una vez conseguido el ordenador de procesamiento en paralelo.

De esta forma la psicología cognitiva, ya conexionista, incorpora y articula distintas influencias: la de la "teoria de la información" y sus aportaciones relativas a que la información y la comunicación pueden cuantificarse, desagregarse y medirse; la "teoria de autómatas", que comienza con la "Máquina de Turing", y que derivará en las actuales aproximaciones a la IA; y, por último, también retomará la influencia de la "cibernética" y su noción de "servo-mecanismo: dispositivo que computa diferencias entre estados deseables y reales (presentes), a partir del cual es posible explicar la conducta intencional. Todos estas teorías, concurrentes en la actual Psicología Cognitiva, al participar de un concluyente y dogmático criterio de racionalidad, representación y comunicación (híbrida entre variables mentales y mecánicas), se oponen a la ontología freudiana de la constitución del cuerpo libidinal como producto de la historia de las relaciones intersubjetivas en las que el individuo se constituye como sujeto de deseos inconscientes.

En suma, tanto para la Psicología Cognitiva, como para sus ápices: la Neurociencia y el Conexionismo, la subjetividad no es más que una oquedad residual a superar por los autómatas evolucionados en IA. Ciencias Cognitivas que incentivan los procesos psicológico-mentales, observables y mensurables, a costa de rechazar los argumentos que, tachados de "esencialistas", consideran a la subjetividad como un dato natural a superar. Así pues, prescinden de toda ontologización (de lo subjetivo y de lo comunitario, eliminando su estatuto real, natural. De ahí la oposición en el cognitivismo psicológico entre ontología (todo principio es esencial) y comunicación (todo es mediación).
 

7/ La radicalización de la episteme comunicativa en la Cibercultura:

La disolución de los atributos subjetivos y, por extensión, de los intersubjetivos o comunitarios, realizada por los paradigmas dominantes en la Psicología contemporánea, se radicaliza en nuestros días, en los que la comunicación se convierte en norma e imperativo impuesto por la Cibercultura (Soldevilla. 2001). No en balde es en la Cibercultura donde los autómatas, las máquinas digitales y, sobre todo, el ordenador, alcanzan el papel de yo ideal al cual poder identificarse, y a partir del cual poder comunicarse. Pues el ordenador no acepta signos mal escritos, ni aquellos otros que no tienen significado operativo y, por supuesto, rechaza los lapsus y, menos aún, procesa los sueños.

En la Cibercultura, las Ciencias Cognitivas han sustituido los fundamentos de la modernidad inicial (las correlaciones lógico-matemáticas efectuadas por una subjetividad) por los fundamentos conexionistas, a partir de los cuales es una naturaleza mecánica la que hace de sujeto de referencia: la IA y su red de conexiones y comunicaciones eficaces y perfectas. Pero todo ello, subrayo este asunto, a costa de aceptar la disolución de la subjetividad.

Disolución a la que se presta una episteme comunicativa sostenida por los dispositivos de saber-poder y sus aparatos ideológicos de apoyo (ingeniería social, medios de comunicación de masas, publicidad y marketing, etc.), los cuales plantean numerosas transformaciones psicosociales y políticas. Pero, especialmente, conducen a un reinado, en ascenso, del poder de la imagen y la comunicación sobre la cultura, la política y la vida social, transformando los tradicionales espacios comunicativos en una sociedad cableada cada vez más homogénea, y en un cada vez más generalizado "Estado Red" (Castells. 1997. 1998), estructurado en la invisible burocracia de los flujos comunicativos que recorren su estructura hecha de circuitos electrónicos.

No obstante no existe un criterio unívoco sobre la sociedad de la comunicación y sus impactos subjetivos e intersubjetivos, sino que podemos distinguir dos posiciones claramente enfrentadas: la de los entusiastas y la de los detractores.
 

8/ La necesaria toma de postura: detractores y entusiastas de la episteme comunicativa

Como indica Manuel Castells (1997), lo que diferencia, en la historia, esta revolución tecnológica de las precedentes no es el papel central que juegan aquí la información y la comunicación, sino la forma en que éstas son aplicadas en un círculo de retroalimentación entre la innovación, su uso, su difusión y su desenvolvimiento en nuevos campos. Esta identificación absoluta entre "lógos" y "techné", entre la mente y la máquina, entre lo cultural y lo material-productivo, está acabando con diluir las distancias que existían entre el sujeto como agente pensante con motivos e intenciones propias de un lado, y las estructuras sociocomunitarias, como condición y resultado de una acción social reflexiva, de otro. Este nuevo sistema que, sin duda, afecta de manera radical a los principios de realidad y de inteligibilidad hasta ahora vigentes, insta a los distintos pensadores a ubicarse en posturas a favor y contra de la sociedad comunicativa y del mundo que ella engendra.

Así, por un lado, nos encontramos con la versión optimista de la comunicación, que celebra, con fruición, la sociedad cableada, pues, al fin, afirman sus defensores, no hacen falta universales de orden social, ni tampoco subjetivo, porque existe una confianza en la homeóstasis comunicacional: transparente, veraz, objetiva y universal. Además, por si esto fuera poco, los medios de comunicación de masas, no sólo distribuyen información, sino que producen consenso, limando asperezas y homogeneizando percepciones, sentires y gustos comunes.

Así, la sociedad comunicativa hace real la utopía de la democracia participativa, pues como Niklas Luhmann (1984. 1991. 1998a. 1998b) y Gianni Vattimo (1989) sugieren, el voto telemático desde el hogar, podría sustituir con ventajas al actual parlamento decimonónico mediante el referéndum electrónico instantáneo ante cada opción legislativa o decisión política. De este modo, la utopía de la democracia directa y pluriparticipativa se habría realizado a través de la democracia electrónica (5).

En consecuencia, la sociedad de la comunicación permitiría que, tanto el grueso Estado socialdemócrata como el adelgazado Estado neoliberal, se vieran superados por un invisible e impalpable Estado telemático, que se asienta en la revolución de la informática y en el universal de la comunicación generalizada, y cuyo correlato en el plano sociocultural es el auge perverso de las industrias culturales y las políticas de ocio que, según los entusiastas de la sociedad comunicativa, son estrategias orientadas a proporcionar el máximo bienestar, a estimular y facilitar la creatividad, y a suministrar una amplia oferta cultural a los ciudadanos en este importante segmento de la vida cotidiana.

Otro apologista de la sociedad de la comunicación es Jürgen Habermas, que en su monumental obra "Teoría de la acción comunicativa" (1981. 1986), abandona el programa de la filosofía de la conciencia, para ubicarse en el de la intersubjetividad comunicativa. Habermas, considera, que el modelo de acuerdo con el cual hay que pensar la acción social, no es ya el de una acción subjetiva orientada por fines autotélicos, sino el de una acción encaminada al entendimiento y a la comunicación, a través de la cual los individuos puedan coordinar sus planes de vida sobre la base de acuerdos motivados racional y pragmáticamente.

Con estos elementos Habermas pretende afrontar y resolver, por la vía comunicativa, el carácter paradójico del proyecto ilustrado. Pues, según su misma teoría, la creciente racionalización del mundo de la vida corre paralela a la creciente complejidad sistémica, que desbordando su esfera propia, termina por "colonizar" el mundo de la vida, instrumentalizándolo de forma total. De ahí que, por medio de la "acción comunicativa", Habermas intente fundamentar su propuesta ética de un universalismo regulativo, que sirva para afrontar así las patologías propias de nuestro tiempo.

La noción clave de la teoria habermasiana es la idea regulativa de "comunidad ideal de comunicación", libre de coerciones y de intereses particulares. Ahora bien, este concepto tiene como implícito que la moral se convierte en mera abstracción comunicativa, en un ideal universalista que ni tiene encarnadura, ni se compadece con la eticidad concreta de los distintos mundos de vida (6).

Hasta aquí los defensores de la comunicación y de su extensión al modelo de sociedad comunicativa.

En el plano opuesto, se situarían los detractores. Autores que tratan de entender y criticar los puntos oscuros de la sociedad de la comunicación, cada vez más imperativa y generalizada, donde las "redes comunicativas" dictan sus propios requerimientos respecto a lo que debe ser el nuevo modelo de supervivencia colectiva, basado en una lógica comunicativa instaurada por la cadena reticular de infinitas conexiones empresariales, a través de las cuales se constituye el espacio del mercado global.

Aparece, pues, en estos autores, una comprensión ciertamente apocalíptica de esta nueva red-comunicativa, expresa en la propia arquitectura y funcionamiento de las transmisiones teleinformáticas. Red comunicativa que desplaza progresivamente los centros de decisión y de control político desde el marco institucional de los estados nacionales hacia los núcleos de decisión de las grandes multinacionales que rigen globalmente la actividad económica.

La sociedad de la comunicación representa, así, no tanto el feliz fin de la política, sino, más bien, su reubicación en otra esfera de la acción, determinante del comportamiento social regulado legítimamente. Es lo que Ulrich Beck define mediante el concepto de "subpolítica": el conjunto de oportunidades de "acción" (técnica y económica) y "poder" suplementarias más allá del sistema político (legítimo y representativo). "Subpolíticas" como oportunidades reservadas a las empresas que se mueven en el ámbito de la sociedad mundial. De esta forma, la subpolítica ha quitado a la política el rol dirigente en la configuración social (Beck. 1998: 19 y 20). Por tanto, gracias a la sociedad de la comunicación y el conocimiento, nos situamos, en el plano de un contundente desplazamiento de lo político.

Desplazamiento o desterritorialización de lo político que, según los detractores de la sociedad comunicación, disuelve la autonomía y materialidad de las estructuras de los Estados Nacionales, en favor de otros referentes de poder metaestatal (las corporaciones multinacionales y sus tentáculos mediáticos teleinformáticos); y, lo que aquí más me interesa resaltar, la disolución de las cualidades subjetivas e intersubjetivo-comunitarias (cuerpos, deseos, estilos de vida, culturas vernáculas, etc.)

Disolución de estructuras y cualidades donde nadie es nada, gracias a que todos devenimos en meros puntos de comunicabilidad. Configuración de un mundo virtual que requiere una nueva caracterización propia del espacio de los "no-lugares", siguiendo el criterio de Marc Augé (1993), donde se pierde la experiencia de habitar un lugar, para pasar a habitar el universo aéreo de las redes teleinformáticas regidas, según Javier Echevarria, por los "Señores del aire" (1999), que imponen un mundo de vida puramente despojado de hábitat y de señas de identidad.

Mundo de la nuda vida, en terminos de Giorgo Agamben (1995), que alude a un concepto de pérdida de identidad, de suelo y de forzada itinerancia, organizado en torno a los flujos migratorios y a las cada vez más crecientes bolsas de poblaciones residuales del tercer y cuarto mundo, arrojadas a la movilidad impuesta, en el despojamiento más absoluto de sus señas de identidad personales y colectivas.

Sociedad de la comunicación, epítome de la sociedad "hiperreal" (Baudrillard. 1986) o "sobremoderna" (Auge. 1993), que supone un profundo desanclaje local-comunitario, según el oportuno juicio de Anthony Giddens (1990) y una desurbanización de la vida ciudadana (pérdida de la civitas y la politeia de la ciudadanía clásico-comunitaria). En este mundo transfronterizo queda abolida la dimensión espacio-temporal propia de los contactos humanos cara a cara, pues, ya no se convive, sólo se co-existe. ¡Sumergidos en la nueva caverna de la sociedad-red, nos interpelan sus detractores, todos somos nadie!.

Se trata de una transformación de alcance global, que Paul Virilio define como mutación globaritaria, que socava las tradiciones, rompe las comunidades locales, deportando poblaciones enteras, en una deslocalización general que afecta a la naturaleza misma de la identidad, en todos sus planos: cultural, social y subjetiva (Virilio. 1992. 1997. 1998). Sociedad de la comunicación que, gracias a la potente tecnología electrónica, instaura una red de transmisiones y intercambios en términos de velocidad absoluta, de instantaneidad, de ruido y de inmediatez, abocando a una pérdida del sentido mental de la Tierra, el fin de la geografía, el fin del tiempo lento, que es el fin de la vida habitable, donde uno puede de—morarse (habitar tranquilamente la morada), lo que supone la caducidad de un modo de concebir el tiempo histórico: el fin de la linealidad y del progreso. Experiencia del fin sociocultural de Occidente, pues, según Jacques Barzún (2001), las tramas del espíritu occidental concluyen, se rematan y mueren.

Para finalizar, Jean Baudrillard (1986), este fin de la linealidad, representa una auténtica aniquilación de futuro, consecuencia del efecto de reversión, a través del cual fluyen aceleradamente los acontecimientos hacia su propia neutralización (Baudrillard. 1995). En el mundo de las redes el tiempo adopta una pluridimensionalidad inabarcable racionalmente. En ellas el tiempo ni es irreversible (lineal), ni tampoco reversible (circular); es instante eterno, presente congelado. Éste tiempo sólo es ambivalencia, variación, atemporalidad, que se sostiene gracias al "terrorismo del código comunicativo", pues es la "instancia del código comunicativo la que garantiza la univocidad y la funcionalidad del sistema (7).

En resumen, para sus detractores, la comunicación es el pilar fundamental del nuevo modo de construcción social de la realidad. Neobarroco mundo de las apariencias, en el que la palabra cede su puesto al iconocentrismo y a la comunicación generalizada. Mientras que, el pensamiento reflexivo cede ante el empuje de la hiperpercepción sensorial y la incesante variabilidad estimular, que nos dibuja una confusa realidad invadida por la imagen y las comunicaciones propias de la sociedad red. En este mundo de la sociedad de la comunicación es donde se amplía y diversifica el movimiento de la tardomodernidad, radicalizándola en el sentido de una lógica neobarroca del exceso de información y comunicación, del exceso de imágenes, del exceso de mercantilización e individualismo; en una clara renuncia a la distinción formal entre realidad y ficción. Donde la potencia de la virtualidad comunicativa se alcanza al precio del socavamiento de todo atributo singular y/o comunitario.
 

9 / Algunas ideas, a modo de conclusión:

Ante esta suspensión de los atributos sustantivos, creo que las ciencias sociales críticas y el Psicoanálisis, deben hacer causa común en torno a la defensa de la subjetividad e intersubjetividad cualitativas, soslayadas por los sistemas de significación y comunicación científico sociales dominantes. Quizá nos quede tiempo aún para colaborar en rehabilitar una identidad individual y colectiva que se encuentra en claro proceso de disolución.

En líneas generales estos serían, en mi opinión, algunos de los puntos principales a consensuar:

1. Restauración de la experiencia subjetiva (derecho al propio cuerpo, al propio deseo, al propio estilo de vida), que significa, en primer lugar, una resistencia frente al empobrecimiento cultural y vital ligado al ascenso de los medios de información y comunicación. Pero es también una exigencia reflexiva inseparable de la naturaleza espiritual y comunitaria del lenguaje.

2. Restablecer el protagonismo agotado de la palabra.

3. Reconstruir una nueva racionalidad comunicativa que apunte hacia un realismo práctico más comunitario, lejos de la internacionalización individualizada del proceso comunicativo, que discurre en subalternidad con la mundialización de los mercados de capitales. Esto a partir de la conservación de una territorialidad no-excluyente, compatible con el respeto de la diversidad, dentro de un diálogo multicultural infinito (Gadamer. 1997).


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N O T A S

(1) A estas cuestiones respondió mi trabajo "Psicosociogénesis de la técnica" (Soldevilla 2001a).
(2) A este interés han respondido mi publicación sobre la "Sociología del cuerpo. Una revisión analítica" (2001b) y mi ponencia en el seminario de José Miguel Marinas sobre "Identidades y estilos de vida: nuevas formas de intimidad, interacción y ciudadanía" (2002), bajo el título: "De la desaparición del cuerpo en la Cibercultura" (14.06.02).
(3) Cabe hablar de "episteme comunicativa", pues, en mi opinión, la comunicación ha alcanzado el rango de lógica científica de primer orden.
(4) Y con el conexionismo, la defensa de la comunicación entre dispositivos cognitivo-naturales y los sistemas cognitivos artificiales: autómatas, cyborgs, IA. Pues, a mi entender, todas las ciencias sociales (de hecho sus paradigmas dominantes se han acomodado bajo el paraguas de las ciencias cognitivas) han quedado subyugadas por el enorme potencial cognoscitivo y metodológico que facilitan las hibridaciones entre redes neuronales naturales (recursos cognitivos humanos) y las artificiales (hardware de las los programas de computación simbólica que rigen los procesamientos de información/comunicación de las maquinas autómatas). El conexionismo dota de una omnipotente capacidad a sus sistemas lógico-simbólicos específicos (de suyo ineficaces en su competencia para representar, explicar y predecir las conexiones heurísticas sustantivas entre las cosas y sus conceptualizaciones), haciendo realidad el viejo sueño positivista del ideal de una Ciencia Unificada.
(5) No es ocasión de denunciar aquí el peligro que supone reducir el sentido sociopolítico de la democracia a un mero recuento de votos mediado tecnológicamente. Reduccionismo criticado desde las teorías sobre la "mediocracia" y la "república electrónica" (L.K. Grossman), el "gobierno de los sondeos" y la "video-política" (Sartori. 1998), conceptos que subrayan las conexiones cada vez más estrechas entre política y medios de comunicación. Pierre Bourdieu también ha denunciado con contundencia a quienes promueven esta confusión reduccionista (Bourdieu. 1997 : 96).
(6) De este modo, en mi opinión el paradigma habermasiano de la comunicación se convierte en una tenaza, que mientras, por un lado, vacía de contenido ontológico a la subjetividad, haciéndola abstracta y universal; por otro, la "comunidad ideal de comunicación", en tanto que objetiva y universalista, disuelve las propias forma de existencia y las tradiciones propias de las diferentes comunidades naturales, con lo cual subjetividad y comunidad (naturales/tradicionales) son suspendidas.
(7) En palabras de Baudrillard: "El código deviene la única instancia que habla, se intercambia a sí misma y se reproduce a través de la disociación de los términos y la univocidad del mensaje. (Igualmente, en el proceso económico de intercambio, no son ya unas personas las que intercambian , es el sistema del valor de cambio lo que se reproduce a través de ellas). Esta formula de base de la comunicación logra así dar, como en modelo reducido, una reducción perfecta del intercambio social tal como es, tal como en todo caso la abstracción del código, la racionalidad forzada y el terrorismo de la separación lo rigen" (Baudrillard. 1972 : 216).


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