NOMADAS.8 | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730

La manifestación mundo del pueblo internacional
[Fernando Oliván] (1)

La globalización pone en crisis los viejos conceptos
sobre los que se ha construido la teoría del estado
La "Aldea global" de McLuhan se ha hecho realidad

Crisis del Estado, y más aun, del estado de derecho. Los viejos parámetros de la representación política pierden gran parte de su sentido. La privatización de lo público que en su día se anunció como el triunfo de una sociedad liberal, "liberada" definitivamente del corsé del Estado, arrastra hoy sus consecuencias últimas, el mismo concepto de sociedad –en su sentido político- ha terminado vaciado de contenido. Para escarnio de los "aprendices de brujo", el movimiento de la Historia termina devorando a sus propios hijos.

El N.Y. Times, en su edición del domingo 16 de febrero, proclamaba un nuevo cambio en el panorama mundial: "Junto a los Estados Unidos, hoy nace una nueva superpotencia: la Opinión Pública mundial" . Si el instinto periodístico atina nuevamente, estamos ante un cambio tan radical como la caída del Muro de Berlín. Si esto es así, toda la teoría del Estado, de pronto, se habrá quedado obsoleta, y lo que es peor, nos quedamos sin instrumentos capaces de interpretar la nueva realidad que viene.

Una nueva ciudadanía se extiende rompiendo los viejos lazos de las estructuras nacionales. A la crisis provocada por la impronta de la extranjería se unen hoy nuevos factores. El pasado 15 de febrero estalló el otro extremo del espectro ciudadano, aparece la Opinión Pública internacional; la "globalización" encuentra así su dimensión democrática. Tras configurarse como instancia económica y mediática la nueva estructura del pueblo adquiere definitivamente su entidad mundializada. Sin embargo esto entraña más problemas que los que resuelve.

Recapitulemos los factores de la crisis. De entrada un desencuentro entre los poderes constituidos y sus opiniones públicas, al que se añade una coincidencia transfronteriza de esas mismas opiniones. Una coincidencia que une en un mismo entusiasmo a gentes de Brasil a Alemania, de Corea a Suecia, de España a Filipinas, una manifestación mundial articulada en una marcha de recorrido complejo: Madrid, Zamora, Los Angeles, Roma, Berlín, Nueva York, Londres... Una convocatoria que no ha conocido ni mítines, ni panfletos, ni carteles, traducida meramente en el ciberespacio, adquiere, sin embargo, una materialidad corpórea al viejo estilo de las grandes protestas. Tradición y ultramodenidad unidos en una nueva configuración que prefigura la nueva estructura del pueblo. El pueblo, viejo protagonista de la historia en los últimos siglos, exige de nuevo su presencia.

Ahora bien, la novedad radical estriba en este nuevo compuesto de la masa. Históricamente el pueblo se ha ido configurando alrededor de diversos factores aglutinantes. Religión, nación, "ideología", constituían en el pasado la composición orgánica de las masas. Hoy estos tres factores han quedado superados, y carecemos de los nuevos enunciados, de la definición de las nuevas ideas-fuerza que den sentido a las masas postmodernas.

Pero la intuición del N.Y. Times va más allá. Contrapone dos instancias aparentemente disímiles, una asimetría lógica que adquiere resonancias actualísimas. Por un lado un estado a la vieja usanza, los Estados Unidos de América, superpotencia dotada de los clásicos atributos de la soberanía: población, territorio y burocracia. Frente a ella, como nueva potencia universal, el periodista nos propone una realidad muy distinta, un objeto informe, mero sueño de la razón democrática.

Sin embargo la oposición, como apuntábamos, ya ha adquirido carta de naturaleza en este nuevo siglo, animada, parece, por los nuevos monstruos de esa misma razón enloquecida. También el "11 de septiembre" puso de moda otro concepto abstracto: la guerra contra el terrorismo, enunciada en abstracción de todo sujeto pasivo, confrontando la razón del estado con la pura sinrazón de la violencia. Pero, ¿es posible la lucha del estado contra su ausencia?. Hasta ahora solo Milton se había atrevido con semejante antinomia, sin embargo hemos visto movilizarse toda una coalición de estados contra una entidad más fantasmagórica que real y cuya misma estructura en red, nos decían, la convertía en especialmente invisible e invulnerable.

Curioso que la pérdida de referentes haya llevado a la solitaria hiperpotencia a buscar –y a encontrar- estas oposiciones, ya no asimétricas, sino directamente a-lógicas: un enemigo fantasmagórico y un colega "consular" solo reconocible en el ensueño. Sin embargo, en medio de estos juegos de la dialéctica postmoderna resulta gratificante la perennidad de una idea, a pesar de las fuertes tensiones lingüísticas que la han recorrido. Guerra y Paz aparecen como objetos reconocibles más allá de la crisis del estado y de la democracia. Su sustancia no ha quedado alterada por el juego de espejos al que le ha sometido la catarata de nuevos conceptos venidos con el siglo. Ese pueblo, constituido como auténtica comunidad global, convocado a través de la inmaterialidad de la triple "w" y amenazado por y a través del miedo abstracto del terrorismo moderno, ha terminado por romper la baraja de la ciber-realidad para asentar los pies en la tierra y proclamar como actualísima la clásica política popular.

De pronto, cuando creíamos que solo existía lo que circulaba por la red, un pueblo en masa se ha levantado y ha salido a la calle vindicando el más viejo espacio de lo público. No lo hace proclamando ideas novedosas, ni tampoco sus consignas se proyectan en los lenguajes más modernos, por el contrario, dos viejas palabras adquieren tintes de rabiosa actualidad, y frente a adjetivaciones que tratan de ocultar su sentido –"guerra limpia", "guerra al terrorismo", "guerra preventiva", "paz armada",...- o mil otros eufemismos, ese mismo pueblo ha optado por sus definiciones más clásicas, rechazando la una –la guerra- como terrible y optando, sin duda alguna, por la otra –la paz- como la única alternativa posible al horror que engendra la primera. Y ha hecho esto, en medio de esta hipermodernidad del siglo XXI, saliendo a la calle como hicieron sus padres, abuelos y bisabuelos a lo largo de la Historia.

No nos equivoquemos. Lo distinto, lo nuevo, es esa universalidad que, de pronto, ha adquirido el grito. La forma y el objeto atienden a una realidad que se asienta en la misma naturaleza humana. La Bastilla, el Palacio de Invierno y tres o cuatro acontecimientos semejantes, también conocieron ese grito proclamado desde la humanidad más profunda. El detalle, simple coincidencia de momento, es que curiosamente también se pronunciaron en medio de un cambio de siglos.

LADILLOS:

Junto a los Estados Unidos, hoy nace una nueva superpotencia: la Opinión Pública Internacional.

Una conciencia transfronteriza ha unido a millones de personas, creando un vínculo más poderoso que el que antaño surgía de la nación y las ideologías


(1) Fernando Oliván es Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid
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