NOMADAS.8 | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730

La Unión Africana, pálido reflejo de la Unión Europea
[Luis Peraza Parga] (*)


RESUMEN.-
Palabras clave:
ABSTRACT.-
Key words:

En la segunda semana de julio del 2002 nació una nueva o se trasforma una antigua Organización Internacional: la Unión Africana (UA), antigua Organización de la Unidad Africana (OUA). Somos partidarios de que el requisito mínimo para que una idea funcione o se materialice óptimamente es su creación ex novo. Si simplemente le lavamos la cara o la maquillamos, el fracaso será estrepitoso.

Un ejemplo es el intento de gobierno mundial que supuso la trasformación de la antigua Sociedad de Naciones en las Naciones Unidas. Otro es la sucesión de la Corte Permanente de Justicia Internacional por la Corte de Justicia Internacional. Se heredan los defectos y las cargas, se priva del entusiasmo, la frescura y las expectativas que siempre suscita una institución de nuevo cuño.

Las organizaciones internacionales son, en cierta manera, como los seres humanos. Necesitan nacer con todas las posibilidades de crecer, desarrollarse y alcanzar la madurez en pleno éxito. Lo otro simplemente es "reencarnarse" con el crédito ya agotado por los errores del pasado.

Se habla de "salto cualitativo" para el continente africano pero somos partidarios de los "saltos al vacío" con un objetivo indeterminado e indeterminable, clave precisamente para que se avance incluso en medio de intereses irreconciliables.

La OUA ha conseguido logros limitados en sus 39 años de vigencia. El presidente de Sudáfrica y primer presidente rotatorio de la UA, Thabo Mbeki, destaca el haber erradicado todas las formas de colonialismo. Este hecho se enmarca en los necesarios cambios de los tiempos después de la Segunda Guerra Mundial en medio de un ambiente de democracia y autodeterminación. Decir que es un logro de la UA es demasiado optimista o incluso ingenuo o casi engañoso. Otra gran meta cumplida, dentro de la capacidad del continente para resolver problemas, es, en palabras de Mbeki, la reciente mediación en el conflicto de las Islas Comores, conflicto que continúa en la actualidad donde se suceden golpes de estado cruentos.

Es cierto, los pueblos y tribus africanas necesitan de los llamados bienes públicos mundiales insertos en la Agenda de la globalización: democracia, derechos humanos, paz, estabilidad, desarrollo económico, buen gobierno, transparencia, ética y por último pero casi más importante, erradicar el hambre, las enfermedades y la corrupción.

Sin embargo, para acercarse a la consecución de estos bienes es necesaria una gran voluntad política de parte de nuevos lideres elegidos democráticamente.

Aunque es cierto que si esperas a estar preparado para abrazar la democracia, nunca lo harás, creemos que se necesitan ciertos parámetros económicos y sociales para que ésta funcione. Acostumbrar a las personas a ser ciudadanos con poder durante y entre elecciones y no súbditos sometidos a un gobernante intocable es un reto imprescindible en África y en otros lugares del mundo.

Parte de la doctrina internacionalista asume que la flamante Unión Africana es un organismo multilateral que nace a imagen y semejanza de la Unión Europea.

Muchísimas diferencias la alejan más que la acercan de este modelo de común construcción de algo radicalmente nuevo.

En primer lugar, la entonces Comunidad Económica Europea, que no Unión Europea pues carece, hasta el momento, de personalidad jurídica internacional, nació en los cincuenta como mucho más que un organismo multilateral. Se creó como un órgano supranacional más cerca de una federación regional en la que la soberanía se pone en común en áreas concretas que con el tiempo se irán extendiendo a materias impensables pero no excluidas en el origen.

La consecución de la paz duradera entre los rivales irreconciliables que habían protagonizado las dos Guerras Mundiales era el objetivo primigenio del experimento de los llamados padres fundadores. No sólo se consiguió, sino que murió de éxito ya que Alemania y Francia se convirtieron en socios fundamentales y motores de la construcción europea.

En la Europa de los cincuenta se dieron dos circunstancias determinantes para ensayar esta fórmula sin antecedentes: los efectos de la guerra más devastadora y cruel que arrasaron el viejo continente y la feliz reunión de una serie de cabezas pensantes intelectuales en puestos claves del gobierno de los países más importantes que se manifestaron como grandes estadistas en la persecución de un sueño realizado a pequeños pasos y logros concretos.

El hecho de que la Comunidad Europea sea un referente en los distintos sistemas de integración regional, no significa que la experiencia sea susceptible de exportación a cualquier conjunto de países dispuestos a llegar a la globalización a través de la regionalización.

Europa estaba madura para intentar este salto en el vacío. Ojalá lo estuviera África. No sirve copiar las instituciones. La cúpula política debe creer en ellas. La construcción europea siempre ha sido un fenómeno alejado del ciudadano hasta que no ha tenido más remedio que pedir su consentimiento y refrendo porque empezaba a afectar a parcelas íntimas de las personas. Bruselas cada vez está más cerca de cada ciudadano comunitario. Los medios de comunicación ofrecen una cobertura de al menos un 25 % a las noticias comunitarias, el 70 % de la legislación doméstica o local proviene del triángulo mágico que componen las tres capitales comunitarias: Bruselas, Luxemburgo y Estrasburgo.

Todo esto se ha ido consiguiendo a través de 50 años de esfuerzo en común entre unos países que, aunque devastados, eran los más industrializados del planeta. Tuvieron que pasar 30 años para que este "club de ricos" aceptara como una necesidad histórica y pingues nuevos mercados la única ampliación hacia naciones en vías de desarrollo (Grecia en 1981, España y Portugal en 1986). El esfuerzo fue continuado y sostenido con altos en el camino para luego dar grandes saltos adelante. Los líderes que se sucedieron en el poder eran conscientes de que la maquinaria comunitaria una vez puesta en marcha era imparable y que la historia los juzgaría si se atrevían a desmontarla.

No sirve copiar las instituciones.

La Unión Africana ha constituido un Banco Central Africano. Quizás sea construir la casa por el tejado. Europa tardó casi 50 años en que se dieran las condiciones necesarias para que el potente Bundesbank y los demás bancos centrales nacionales cedieran competencias esenciales al Banco Central Europeo para que gobernara la política monetaria de los doce estados de "eurolandia".

La Unión Africana ha instituido un Parlamento. La inicial Europa de los Seis creó un mero órgano consultivo con parlamentarios delegados de cámaras nacionales hasta las elecciones de 1979 en el que por primera vez son elegidos por sufragio universal directo. Es la institución que sale más reforzada con cada nuevo Tratado hasta el punto de ser, en la actualidad, colegislador junto al Consejo de Ministros.

La Unión Africana ha creado una Corte Africana. Deberemos esperar a ver cuales son sus competencias y que asuntos se ventilarán ante ella. El Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas (TJCE) y el Tribunal de Primera Instancia tenían una función clara e inamovible desde el principio: interpretación del derecho comunitario en general y declarar la validez o invalidez del derecho secundario emanado de las distintas instituciones comunitarias (Reglamento, Directivas y Decisiones). Se ha convertido con sus innovadoras y vanguardistas sentencias en el último intérprete del derecho comunitario. La nueva Unión Africana carece de estas normas jurídicas comunes como materia para que esta Corte funcione. Quizás se convierta en un tribunal de casación por encima de los tribunales nacionales. Nada que ver con el TJCE.

Puede que sea el momento oportuno para crear la ya muy esperada Corte Africana de Derechos Humanos que complemente la Comisión Africana que, a su vez, debe potenciar su actuación en casos individuales. En septiembre de 1995 se concluyó la elaboración del Proyecto de Protocolo a la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos sobre el establecimiento de una Corte Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos (1). Creemos que tardará en darse la madurez suficiente para dar el paso de crearla efectivamente. Un embrión interesante puede ser, salvando la distancia de que juzga responsabilidad penal internacional de individuos y no responsabilidades internacionales de estados, la Corte Penal Internacional para los Crímenes de Ruanda con sede en Arusha, Tanzania. Con una inevitable influencia de los tribunales de Nuremberg y Tokio y de la Corte Internacional de Justicia, podría ser considerado como una injerencia occidental más en un continente tan "tribalizado" como África. Por otro lado, el ejemplo interamericano nos dice que no es necesario esperar a que el continente esté estabilizado política y socialmente para que se produzca la creación de una Corte regional de Derechos Humanos. La Corte Interamericana se creó en 1979 cuando empezaba lo que se llamó la "década perdida" puesto que la mayoría de las naciones latinoamericanas sufrían dictaduras militares.

A pesar de nuestras dudas, las instancias europeas deben prestar toda la ayuda necesaria para que este experimento africano se consolide con apoyos financieros, intercambios de expertos y funcionarios bruselienses y africanos y, en una palabra, poniendo toda la experiencia acumulada en nuestro acervo comunitario al servicio de este ilusionante proyecto.

Ojalá nos equivoquemos y la Unión Africana funcione y alcance el mismo sueño que logramos los europeos pero las diferencias son tantas que seguramente la imagen proyectada en el espejo europeo saldrá distorsionada.


(*) Luis Peraza Parga es profesor de Derecho Comunitario Europeo y Derechos Humanos de la Universidad Panamericana de la ciudad de México.  página personal
(1) "Government Legal Experts Meeting on the Question of the Establishment of an African Court on Human and Peoples Rigths." Cape Town, South Africa, September 1995, 8 African Journal of International and Comparative Law (1996) pag. 493-500.

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