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La incapacidad de la política, la política de la incapacidad
El vacacional agosto español se ha visto este año sacudido por dos procesos que han centrado la atención social...

Una trabajadora doméstica, ministra del gobierno boliviano
Casimira Rodríguez Romero, de 39 años de edad, es la actual ministra de Justicia del gobierno boliviano. Nació en Mizque...

Cajón desastre

 

La biblioteca de Babel

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Antonio Cantaro. Europa Soberana. La Constitución de la Unión entre guerra y derechos.

· Ángel Valencia (ed.), La izquierda verde.

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AA.VV., Movimientos obreros de hoy, Monthly Review.

· Kart William Kapp, Los costes sociales de la empresa privada (Antología)
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Nº 39 · Septiembre de 2006
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La incapacidad de la política, la política de la incapacidad

     El vacacional agosto español se ha visto este año sacudido por dos procesos que han centrado la atención social: la criminal oleada de incendios forestales en Galicia y la espectacular (si se compara con otros años) llegada de cayucos con inmigrantes subsaharianos a las costas canarias.

     Aunque se trata de procesos muy diferentes en sus causas y efectos, guardan algunos elementos comunes que tienen mucho que ver con las percepciones, las respuestas sociales, la acción política que marcan el ritmo de nuestros tiempos. En primer lugar está la percepción instantánea de un problema que se presiente agobiante, por más que no sea lo mismo que uno vea arder todo el monte a su alrededor (o directamente el espacio agrícola y forestal que le da el sustento) que la llegada de unos pocos miles de inmigrantes que tratan de hacer realidad sus sueños y aspiraciones. Sin duda en este último caso la percepción de estar ante un fenómeno insoportable está amplificada por las declaraciones de políticos y gestores mediáticos, pero el resultado final es el mismo. En segundo lugar está la creciente sensación de incapacidad de las autoridades políticas para atajar el problema en los términos en que públicamente se plantea: el cese de los fuegos y de la llegada de embarcaciones. Sólo la naturaleza parece capaz de ofrecer una respuesta inmediata, en forma de vientos, lluvias y humedad que en unos casos desalienten a los incendiarios y en otros impidan la navegación. No deja de ser cómico que sea el “mal tiempo” la única medicina eficaz a corto plazo. Por el contrario la actuación de los políticos, las medidas que son capaces de tomar, resultan totalmente incapaces de ofrecer soluciones directas, y su actuación se reduce a la actuación paliativa una vez la situación está fuera de control y a los gestos en forma de viajes, gestiones etc. En tercer lugar la incapacidad de atribuir la responsabilidad a un individuo o grupo concreto, de definir hacia dónde hay que presionar para hacerle frente. Aunque en el caso de los incendios se ha hablado de redes organizadas, nadie es capaz de demostrar muy bien a qué responden. De la misma forma que la llegada de inmigrantes por mar se ha ido atribuyendo a mafias nunca bien definidas y a gobiernos africanos que han ido cambiando de nombre a medida que las pateras se convertían en cayucos y los puertos de partida se desplazaban al sur. Todo ello se resume en una valoración que plantea la existencia de problemas importantes frente a los que no están claras las razones, los responsables ni las políticas de acción.

     Bueno, el Partido Popular sí tiene una respuesta: el Gobierno es el culpable de todo. Pero ésta es sólo su explicación autojustificativa, puesto que todo el mundo sabe que Galicia también quemaba bajo el virreinato fraguista y los inmigrantes también llegaban por libre en época de Aznar, por más que el Gobierno sólo les garantizara ilegalidad, ilegalidad e ilegalidad. Hasta cierto punto reducir los problemas a la ineficacia de los partidos gobernantes es una tentación innata de toda oposición, algo que estos días ha puesto de manifiesto la asimetría con la que el PSOE (y sus medios de comunicación afines) ha tratado los graves accidentes del metro de Valencia y el Talgo de Villada.

     Y es que ciertamente a corto plazo no hay posiblemente respuestas fáciles a situaciones como las planteadas. Y los políticos de cualquier tipo corren siempre el riesgo de aparecer como completos incompetentes. Ya lo comentamos hace un año con referencia al Katrina, nuestra sociedad está organizada de tal modo que tiene pocas respuestas a dar frente a un creciente volumen de fenómenos catastróficos o que, como es el caso de los cayucos, cuestionan la lógica de los flujos dominantes.

     El problema más importante se sitúa sin embargo en otro terreno. En el de la imposibilidad de abordar estos fenómenos a partir de los parámetros en los que hoy se mantiene situada la vida política. Constreñida por la existencia de poderes, principalmente económicos, que juegan entre bambalinas, por el mensaje simplista de unos medios de comunicación deudores de sus paganos y esclavos de sus propias necesidades de audiencia y de una organización política que rebaja a la población a la posición de mero espectador-votante- consumidor que reclama eficacia a coste cero. Porque lo que parece evidente es la variedad de determinantes que influyen en ambos fenómenos (y en muchos otros que tienen las mismas consecuencias), la imposibilidad de reducirlos a una causa sencilla y su relación directa con el modelo de macrogestión social que se ha impuesto en los últimos años.

     Hay muchos incendiarios en Galicia, que actúan por razones diversas. Desde el narco que trata de “fijar” a la policía, al especulador que aún confía en una recalificación jugosa (aunque planea una nueva Ley del Suelo que prohibirá las recalificaciones, todo el mundo sabe que las leyes son lentas de aplicar), pasando por los posibles despechados por la pérdida de alguna vieja corruptela clientelar (o resentidos con los que sí la reciben), los “keynesianos” autodidactas que han descubierto que la mejor forma de crear empleo de bombero es provocando fuegos (tal como indicó Keynes al mostrar, acertadamente, que para crear empleo basta contratar gente para abrir agujeros y rellenarlos posteriormente, o como mostró magistralmente Chaplin en El Chico con el niño que rompía cristales para que su mentor obtuviera algún ingreso), o simplemente personas enloquecidas por la soledad y el desconcierto de un mundo rural en decadencia. Y debajo de todo ello subyace, como se ha puesto de manifiesto, una gestión del espacio natural que ha convertido el bosque en terreno propicio para la pira en cuanto el clima se ponga borde y a algún insensato, loco o criminal le dé por prender fuego.

     De la misma forma que el fenómeno migratorio no es el resultado de la acción subversiva de una banda de traficantes de personas, sino que obedece a un conjunto variopinto de elementos entre los que se cuentan tanto factores de “expulsión” (la falta de empleo decente y de posibilidades de ascenso social, las presiones familiares para recibir ingresos, las dictaduras y soluciones bélicas, la presión demográfica) como de “llamada” (demanda de mano de obra barata por parte de empresas y particulares, propaganda consumista generada por nuestros medios de comunicación —y su buen aprovechamiento de los éxitos deportivos—, turismo que alimenta pautas de consumo, etc). En el caso español también cuentan factores geográficos, ya que somos el único país (las Azores y Madeira están más lejos) que tiene parte de su territorio en África (algo que sabía el viejo independentismo canario pero que ahora parece totalmente olvidado). Y sobre el fenómeno migratorio planea todo el proceso de globalización, con el escandaloso abaratamiento de los costes de transportes (escandaloso si se evalúa su impacto ambiental), la apertura de fronteras económicas, la desregulación paulatina de derechos laborales y sociales, la profundización en una división internacional del trabajo —políticas agrarias incluidas— que hace inviables viejas formas de organización social, el impacto cultural de los medios de comunicación planetarios...

     Se trata en ambos casos, como en muchos otros temas, de problemas o situaciones complejas, con múltiples derivaciones. Y cuyo encauzamiento satisfactorio reclama tiempo, tenacidad y claridad de ideas. Todo lo contrario de las soluciones rápidas que reclaman los medios de comunicación y muchas personas socializadas en la creencia de que los problemas se solucionan fácilmente si existe voluntad para hacerlo. Se pide a los políticos respuestas drásticas que en muchos casos ni tienen claras ni tienen efectos duraderos sobre la situación. Como la demanda de mano dura frente a la inmigración clandestina que no ha impedido la llegada de miles y miles de personas a los países desarrollados, que a menudo no se lleva a cabo por su elevado coste (la repatriación) y que simplemente refuerza las situaciones potencialmente peligrosas (como el dejar a miles de personas en el limbo legal del sin papeles). Estamos ante una verdadera sociedad de la incertidumbre donde nadie es capaz de determinar los efectos de las decisiones que se toman en respuesta a crisis coyunturales. Aunque las castas políticas no son tampoco inocentes por cuanto ellas mismas se ha especializado en la emisión de mensajes simplistas, reduccionistas y totalmente incapaces de cuestionar el más mínimo privilegio de las elites dominantes.

     Lo que ha ocurrido este verano es una premonición del tipo de fenómenos que la globalización y la crisis ecológica irán generando. Una situación que no sólo provoca la crítica sana a la política institucional, sino también el descrédito total de la acción colectiva. Por esto es tan vital para cualquier corriente de izquierda transformadora desarrollar otro tipo de intervención. Una acción que permita situar en el centro del debate social la necesidad de una intervención social comprensiva, con visión de largo plazo, sostenida en el tiempo. Una intervención que abra espacios de verdadero diálogo y reflexión social. Lo cual es imposible sin tejer un amplio abanico de organizaciones sociales que posibiliten este proceso y sin que lo poco que existe de izquierda políticamente organizada contribuya a facilitarlo entendiendo que sólo en un contexto de madurez democrática es posible que sus propuestas ganen audiencia. La sociedad de la incertidumbre exige modelos organizativos y de acción frente a los que cada vez resultan más inadecuadas las formas actuales de política de mercado, de guiñol mediático y eficacia de corto plazo.

[Albert Recio]

 

Una trabajadora doméstica, ministra del gobierno boliviano

     Casimira Rodríguez Romero, de 39 años de edad, es la actual ministra de Justicia del gobierno boliviano. Nació en Mizque, cerca de Cochabamba, en una familia quechua pobre. Es una de las cuatro ministras de un gobierno de 16 miembros (las otras son: Alicia Muñoz en Interior, Celinda Sosa en Producción y Microempresa y Nilda Heredia en Salud). Desde los 13 años ha sido trabajadora doméstica, “trabajadora del hogar” como ella prefiere decir, y trabajó durante largos periodos de su vida por techo y comida, sin siquiera sueldo ni descanso. Promovió la Organización de Trabajadoras Domésticas de Bolivia, de la que ha sido dos veces secretaria, desde la cual se impulsó una Ley de la Trabajadora del Hogar promulgada el 9 de abril de 2003, que regula el horario de trabajo y el derecho al aguinaldo, entre otras cosas.

     La Asociación de Abogados de Bolivia pidió, sin éxito, al presidente Evo Morales que la quitara de su cargo de ministra por falta de formación. ¿Elitismo, clasismo, corporativismo, racismo, machismo o una mezcla de todo un poco? La presencia de una mujer indígena, pobre y trabajadora del hogar es un escándalo para los que siempre han mandado y una baza más y un motivo de esperanza para esa mayoría popular que finalmente se ha levantado con su voto para decir que ya es hora de que el poder del Estado se ponga a su servicio. Para la oligarquía y sus elites, y para quienes tienen la mente sierva del poder, cualquier licenciado o ingeniero cínico, corrupto e incompetente puede ser candidato a gobernante, pero no alguien que trabaja con sus manos, en algo tan digno y necesario —pero carente de prestigio social, según una inversión de valores que solemos aceptar sin pestañear— como la higiene y el cuidado doméstico, y menos si es mujer, pobre e india. No saben que la inteligencia, la honestidad y el sentido de la justicia y el respeto son las mayores virtudes que se deben pedir a quienes gobiernan, y esas virtudes ¿dónde abundan más, en qué categorías sociales y étnicas?

     Cómo explicó recientemente en un viaje a la Argentina (véase Página 12, periódico de Buenos Aires, 28.07.06), Casimira Rodríguez quiere —entre otras muchas cosas— hacer convivir la Justicia ordinaria con la Justicia comunitaria ancestral. Lo contó con una anécdota: “De pronto dos hermanos tienen [un contencioso], cada uno un lotecito, cada uno con bastantes llamas, con bastantes ovejas y vacas; van a la justicia ordinaria y las vacas van pagando la justicia, así [pasan cinco años] sin que ninguno ceda. Finalmente en la comunidad se enteran de que ya han perdido sus vacas y no han resuelto el problema. La autoridad de la comunidad les pregunta si quieren resolverlo. En un día se parte la mitad del terreno y sin gastos. Así, muchas veces, los problemas se pueden resolver transparentemente, tan sólo escuchando”. Que la justicia sea justicia y no se vuelva negocio, que los problemas se resuelvan con rapidez y transparencia: buena herencia de la tradición comunitaria. Será interesante seguir esta experiencia de la que tal vez también nosotros podamos aprender para mejorar nuestro sistema judicial. “Otra diferencia —añade la ministra— es que en la Justicia comunitaria la sanción no incluye la cárcel (generalmente se opta por el trabajo comunitario o la expulsión de la comunidad), mientras que en la Justicia ordinaria normalmente el conflicto se agranda con la cárcel, y hasta ahora las cárceles se manejan con una puerta para el que tiene más recursos y otra puerta para el que tiene menos.” Y subraya que el nuevo gobierno no pretende instalar una nueva forma de justicia en Bolivia, ni imponer la resolución ancestral de conflictos, pero sí lograr la convivencia de ambas Justicias. “La Justicia comunitaria es rápida, no tiene intermediarios, no necesita de recursos y es muchas veces la verdadera justicia.” En Europa estamos ensayando la justicia de proximidad, los juicios rápidos, los procedimientos de mediación entre víctima y agresor... En Bolivia están, a la vez, recuperando su identidad ancestral tratando de insertarla en los esquemas modernos de organización social y política (cosa muy distinta de un simple retorno al pasado sobre bases tradicionalistas e identitarias). Las palabras finales de Casimira Rodríguez son también hermosas porque evocan la larga noche triste de los pueblos indígenas americanos y su frágil esperanza de futuro: “Nunca habíamos pensado en un buen vivir, ahora sí, pensamos en todos, en la comunidad, en la solidaridad y en un buen vivir”.

[Joaquim Sempere]

 

Cajón desastre

Israel, estado terrorista

     El poblamiento hebreo de Palestina, el “retorno” a Palestina de personas de etnia judía, fue impulsado por el movimiento sionista, con el que no simpatizaban ni mucho menos todos los hebreos europeos, en el primer cuarto del siglo XX. Inicialmente los judíos emigrados a Palestina no pretendieron fundar un estado propio, sino compartir con los pobladores autóctonos —árabes o judíos arabizados siglos atrás— un estado palestino liberado del dominio colonial británico, que había sustituido al ocupante otomano al finalizar la primera guerra mundial.

     El Estado de Israel lo fundaron en cambio terroristas como Ben Gurion, destacado dirigente de este tipo de lucha contra el colonizador, tras la segunda guerra mundial y el Holocausto judío a manos de los nazis. El sector ultramontano y terrorista del movimiento sionista ganó la partida a los británicos y fue establecido el estado de Israel, reconocido por una parte de la comunidad internacional.

     La expoliación de tierras de los pobladores autóctonos de Palestina generó permanentes conflictos: exilios masivos a los países vecinos, guerras con los estados árabes que, con la victoria militar israelí, llevó a la ocupación de territorios ajenos más allá de Palestina. La resolución 242 de las Naciones Unidas fijó unas fronteras dentro de las cuales Israel debía replegarse, pero ese estado jamás obedeció. Israel, dama del ajedrez de los Estados Unidos en los yacimientos petrolíferos de Oriente Medio, jamás ha aceptado vivir en paz con sus vecinos.

     Hoy es un estado terrorista.

     Hace años, la decisión del Tribunal Supremo de Israel de autorizar lo que llamó “interrogatorios reforzados” de palestinos sospechosos, es decir, la práctica de la tortura por los cuerpos de seguridad sin posibilidad siquiera de reclamación judicial, no suscitó protesta alguna de la comunidad internacional. El estado de Israel ha organizado acciones delictivas o criminales en el extranjero: primero el secuestro de criminales nazis: aunque la jurisdicción por crímenes de guerra y contra la humanidad es universal, y por tanto Israel podía juzgar legítimamente a los criminales nazis, también estaba obligado a llevarlos legalmente ante sus tribunales. Israel ha practicado el secuestro, la tortura y el asesinato de oponentes políticos mediante sus servicios de seguridad, y por medio de su ejército ejecutado o autorizado actos prohibidos que incluyen matanzas deliberadas de civiles inermes (las de los campos de refugiados de Sabra y Chatila), asesinatos por medios militares de políticos palestinos, destrucción de viviendas o poblaciones enteras, bombardeos sobre la población civil en Palestina y el Líbano y acciones militares fuera de sus fronteras sin previa declaración de guerra. Ha asesinado a niños, bombardeado hospitales, campamentos de refugiados e infraestructuras civiles, utilizado armas prohibidas, violado treguas y atacado a sabiendas a organizaciones de ayuda humanitaria e incluso a delegados de las Naciones Unidas, cuyas resoluciones ignora. Con la complicidad de Washington, Israel se ha armado con bombas nucleares cuya existencia niega, y ha torturado y encarcelado a sus propios científicos honestos que desvelaron este secreto de estado. Israel reprime también a sus propios ciudadanos pacifistas.

     Israel ha mostrado no querer la paz con la población palestina y se opone con tenacidad a la creación de un estado palestino; ha admitido la existencia de autoridades palestinas negándoles la posibilidad de cumplir sus funciones de mantenimiento del orden pero criminalizándolas por lo que Israel mismo les impide hacer. Cada vez que se ha estado a punto de conseguir una paz negociada Israel ha originado unilateralmente incidentes que la han hecho imposible. No se puede descartar que sus servicios sean responsables de la extraña enfermedad y rápida muerte del dirigente palestino Arafat, la bestia negra de Israel. Israel ha exigido elecciones en los territorios de administración palestina, pero cuando éstas han dado un resultado que confirmaba la voluntad de resistencia de la población ha renovado sus ataques militares contra los civiles —ya que no hay verdadero ejército que derrotar—.

     Los embajadores de Israel y sus publicistas llaman terroristas y califican de antisemitas a cualquier persona que denuncia estos crímenes del estado israelí, responsabilidad de sus políticos, de sus generales e incluso del odio inculcado a sus simples soldados. En la prensa internacional su lobby intelectual urde supuestas tramas de otros estados —aquellos que están en el punto de mira de los norteamericanos, como Siria e Irán— para justificar la violencia israelí contra la población palestina y todo lo que se mueva.

     Es evidente que contra la agresión armada del estado de Israel a la población palestina y a los estados que acogen a los refugiados de ésta hay un movimiento disperso de resistencia armada e incluso terrorista: el terrorismo es criminal, pero cuando es una respuesta a otro terrorismo se puede decir que éste se lo ha buscado. Israel lo ha fomentado con el terrorismo de sus fuerzas armadas y de seguridad, con su terrorismo de estado.

     El ataque al Líbano de este verano de 2006 es un episodio más de una larga lista de comportamientos agresivos del estado de Israel, que se envuelve en la memoria del Holocausto judío para hacer pasar por alto que es simplemente una administración criminal. Ahora trata, con su agresión al Líbano, de involucrar a otros países en su acción, como sugería, sugiriendo al mismo tiempo que la Otan podría involucrarse en el bombardeo del Líbano, el enloquecido ex-presidente Aznar. El telón de fondo de esta última crisis, que como siempre causa muerte y sufrimiento a civiles indefensos, contra quienes el ejército israelí ha lanzado bombas de fósforo y bombas de racimo, prohibidas, es el fracaso norteamericano en Iraq. El objetivo norteamericano de crear un estado títere en este último país se ha mostrado imposible, y ha empezado la búsqueda de un enredo mayor que permita salvar la cara electoral a la derecha norteamericana en el gobierno.

     Los ciudadanos demócratas deben ser prudentes para evitar que se extienda entre la población la ideología antisemita por inducción de los comportamientos de la entidad israelí. Todo antisemitismo es racismo que es preciso rechazar y combatir. Pero debemos movilizarnos contra el estado terrorista. Por mucho que pajaritos como Rajoy califiquen de “catetas” las manifestaciones contra la violencia israelí.

Apartheid

     En los años sesenta los afroamericanos de los estados sudeños de Norteamérioca tenían derechos políticos, pero no los podían ejercer porque las autoridades locales les exigían saber leer o conocer la constitución, y, como es natural, estas cosas no se las había enseñado nadie. Ahora Duran Lleida, el ínclito prócer del nacionalismo católico catalán, resucita la vieja idea del racismo sudista: para que los trabajadores inmigrados voten deberían acreditar primero conocer el catalán.

     El apartheid está ganando terreno en Cataluña: hay uno para sordos: sólo se les beca para aprender el lenguaje catalán para sordos, no el lenguaje universal de signos; y ahora la consagración del apartheid de los inmigrados. Que el apartheid gana terreno lo muestra la extensión de las agresiones racistas, esa penosa manera de introducir “jerarquías” entre los de abajo, en la poblada comarca catalana del Vallès. Para los agresores, el devoto y longuimano señor Duran Lleida puede ser su hombre. Y como Convergència también se apunta...

[J.R.C., septiembre 2006]

 

La biblioteca de Babel

Antonio Cantaro
Europa Soberana. La Constitución de la Unión entre guerra y derechos

prólogo de Pietro Barcellona, El Viejo Topo, Barcelona, 2006.

     Este libro de Antonio Cantaro, profesor de Derecho Constitucional de la integración europea en la Universidad Carlo Bo de Urbino, constituye una buena aportación al debate sobre el futuro de Europa. Aportación muy necesaria pues, tras el rechazo francés y holandés al Tratado Constitucional, la reflexión en torno al llamado “proceso constituyente europeo” resulta ineludible y las propuestas alternativas y los estudios críticos son, particularmente aquí y sobre todo en el mundo jurídico, más bien escasos.

     La explícita pretensión del libro es desenmascarar lo que el autor denomina la “ideología europea”, noción con la que designa la mezcla de “minimalismo político” y “maximalismo jurídico” que, a sus ojos, ha permeado la cultura del proceso de integración y que hoy constituye el principal obstáculo para salir de su crisis. El “minimalismo político”, analizado en la primera parte del libro, hace referencia al estructural déficit político y social de la Unión, esto es, en sus propias palabras, “el proyecto de hacer de Europa una potencia civil, una entidad protagonista del orden global, sin convertirla en una potencia política en su sentido clásico moderno”. En suma, se trata de discutir la propuesta de que pueda Europa regirse por una Constitución sin nación (capítulo 1), sin Estado (capítulo 2) y sin pueblo (capítulo 3). Para Cantaro, tanto el nuevo constitucionalismo multinivel como el constitucionalismo estatalista, coinciden, más allá de sus distintas posiciones, en una concepción sesgada de estas nociones.

Frente a estas perspectivas, Cantaro aboga por una Europa soberana, impulsada por un mito capaz de otorgarle identidad y unida por un destino común, capaz, sobre todo, de “decidir”. Complementario a este “minimalismo político” es, para este autor, el otro componente de la “ideología europea”, es decir, el “maximalismo jurídico”, que analiza en la segunda parte del libro. Con esta noción hace referencia a la absoluta confianza en las normas y los procedimientos jurídicos para sustituir las denostadas entidades colectivas. En dos capítulos Cantaro muestra, en un claro análisis de indudable interés, como el lenguaje del Derecho y de los derechos, técnico y deliberadamente despolitizado, vendría así en la Unión Europea a colmar su vacío de legitimación. Por último, en la tercera parte del libro Cantaro afronta, con el mismo impulso crítico, lo que llama los dos desafíos de la Unión, el interno, “la democracia en la Unión” y el externo, “Europa como actor global”.

     En definitiva, se trata de un libro que, más allá de algunos puntos discutibles —los pertinentes interrogantes lanzados por los autores de la presentación, y asimismo traductores del libro, Gerardo Pisarello y Antonio de Cabo, constituyen un botón de muestra de ello— representa una herramienta imprescindible para salir del atolladero en el que nos han metido.

[X. Pedrol]

 

Ángel Valencia (ed.)
La izquierda verde

Icaria, Barcelona, 2006.

      Se trata de una obra colectiva en la que diversos autores tratan de sentar bases ideológicas para una nueva izquierda. Debido a la pluralidad de voces y temas se trata sin duda de un trabajo desigual. En mi opinión resultan más interesantes los trabajos donde se discuten aspectos estratégicos que los dedicados a la izquierda verde realmente existente, donde a menudo existe la tentación de dar por bueno el crecimiento electoral de los partidos verdes,

sin un análisis crítico suficiente de los muchos claroscuros que atesoran (no hay más que ver los sionistas artículos de J. Fischer publicados recientemente en El País). Pero también en este campo el texto da bastante información sobre los avatares “verdes” en distintas comunidades autónomas y permite al lector avispado sacar sus propias conclusiones. Si se toma como una aportación a un debate, la lectura del texto es muy oportuna.

[A.R.A.]

 

AA.VV.
Movimientos obreros de hoy

Monthly Review-Selecciones en castellano (nº5), Hacer y Món-3, Barcelona, 2006.

     Monthly Review en castellano nos ofrece su quinto número dedicado al estado actual de los movimientos obreros en el mundo. Esos movimientos que tanta importancia han tenido y tienen en la configuración de los mecanismos de acción colectiva de las reivindicaciones de los trabajadores y, cuando ha sido posible, en la defensa de nuevos ordenes sociales.

     En el presente número, además de la presentación de los compiladores (S. Aguilar, A. Oliveres y C. Zeller), podemos encontrar los siguientes artículos: “¿Es posible la supervivencia del movimiento obrero corporativista alemán?” (I. Schmidt), “Fabricando en Venezuela: la lucha por la reinvención del movimiento venezolano” (J. Gindin), “El movimiento sindical canadiense en la actualidad: éxitos parciales y retos verdaderos” (B. Brennan), “La transición del movimiento obrero en México” (D. La Botz), “Un retrato estadístico de la clase trabajadora estadounidense” (M. Yates),

“El legado del IWW” (P. Buhle), “La crisis del movimiento sindical estadounidense: los caminos no recorridos” (E. Leary), “Movimiento obrero y movimientos sociales y políticos en Bolivia: la lucha por una democracia radical” (J. Webber), “El movimiento obrero y el Estado en la lucha por un Zimbabwe democrático” (P. Bond y R. Saunders).

     En la presentación encontramos la noticia de que Harry Magdoff, coeditor de Monthly Review desde 1962, falleció el 1 de enero de 2006 a la edad de 92 años. Magdoff fue perseguido por sus ideas durante el macartismo y posteriormente publicó diversos trabajos sobre el imperialismo, entre los que cabe destacar La era del imperialismo (1969).

[Joan Lara Amat y León]

 

Kart William Kapp
Los costes sociales de la empresa privada (Antología)

Ediciones de la Catarata, Madrid 2006.

     Para quién considera que todo el conocimiento económico es mera ideología neoliberal el libro de Kapp resulta un buen antídoto. Es además un texto antiguo (de 1950), ya publicado en España (Oikos Tau, Vilassar de Mar, 1996). Pero poco conocido a pesar de su innegable interés. Se trata a mi modo de ver de uno de los análisis más sistemáticos de los efectos sociales de la gestión económica de la sociedad. Basado no en el tipo de interpretaciones conspirativas que son tan del agrado de algunos activistas sociales, sino en mostrar cómo el funcionamiento normal de la empresa privada genera elevados costes sociales de diverso tipo.

La actual publicación, al tratarse de una selección de capítulos, quizás no permite reconocer todo el rico esquema del conjunto. Pero cuenta en cambio con un interesante trabajo de presentación y edición por parte de una persona tan rigurosa y comprometida como Federico Aguilera Klink. Su selección de textos es adecuada para introducir al lector en el conocimiento de una de las obras más recomendables de economía (si se anima puede encontrar en alguna biblioteca universitaria la edición completa.). Y, sin duda, puede ayudarle a organizar la reflexión y el debate que tanta falta hacen para transformar una realidad cada vez más insoportable.

[A.R.A.]

 

 

 
PÁGINAS-AMIGAS
Nómadas
Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas

www.ucm.es/info/nomadas
El Viejo Topo
http://www.elviejotopo.com/

 

 

Revista mientras tanto

Contenido del nº 98
Notas editoriales
- El clima de crispación y enfrentamiento civil provocado por el PP dentro de la ofensiva reaccionaria internacional
- Comentarios a la ley de igualdad
Dossier sobre el petróleo
- Los riesgos y el potencial político de la transición a la era post-petróleo, por Quim Sempere
- Del pico del petróleo a las visiones de una sociedad post-fosilista, por Ernest García
- Protocolo de Kioto y emisiones de gases invernadero en España, por Jordi Roca
- De los combustibles fósiles y nucleares a los sistemas energéticos limpios y eficientes del siglo XXI, por Josep Puig i Boix
- El hombre del hidrocarburo y el ocaso de la era del petróleo, por Mariano Marzo
- Economía política del petróleo y militarismo, por Eduardo Giordano
- La OPEP y la conquista económica de Irak, por Greg Palast
El extremista discreto.
Cita.

Avance del nº 99
Notas editoriales
- Los dilemas del gobierno AR
- La complicidad europea JLG
- Joaquim Jordà, rojo, traductor y cineasta, JT
Artículos
- Contra la tolerancia y la intolerancia, por Juan-Ramón Capella
- El tirocinio de Ho Chi Minh entre los yanquis, por Domenico Losurdo
- Poder económico & ¿Poder judicial?, por Carlos Jiménez Villarejo
- Sindicalismo y representación de intereses por Miguel Angel García Calavia
- Entrevista a Adrià Trescents, per Jaume Botey
- El ‘mal necesario’ o la política penitenciaria en la transición, por César Lorenzo Rubio
- Conversación sobre P.P. Pasolini (A. Giménez/F. Laporta)
- Consumo responsable, por Albert Recio
- ¿Un movimiento de consumo responsable? Balance crítico del Foro Internacional del Turismo responsable y del comercio justo, por Ernest Cañada
Reseña
- El siglo soviético de Moshe Lewin, por Josep Torrell
Documento
- Empresas trasnacionales de la UE
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