mientrastanto.e Num. 57 del 04-2008

 mientrastanto.e
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB

¿Hay un camino a la izquierda?
Acabó la cuaresma, pero no el tiempo de privaciones. En ningún campo esencial para la vida social se atisban razones para el optimismo...

La izquierda española: ¿un final o un principio?
Por Juan-Ramón Capella

¡No al préstamo de pago en bibliotecas!
Introducción al artículo:
Por la lectura 
Por José Luis Sanpedro

Nostalgia de otro futuro
El 17 de febrero de este año, los 109 diputados del Parlamento kosovar aprobaron declarar la independencia de su país...

No confundir el campo con los campesinos
Por Ricardo Natalichio

La biblioteca de Babel
· Luciano Canfora, Exportar la libertad. El mito que ha fracasado
 

 

Páginas amigas
· Centre de Treball i Documentació (CTD)
· Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas
·
El Viejo Topo
·
La Insignia
· Sin permiso

Revista mientras tanto
· Contenido del nº 103
· Avance del nº doble 104-105


Número 57
Abril de 2008

Créditos
· E-mail
Suscripciones

mt.e mientras tanto mt.e bitartean mt.e mientras tanto mt.e mentrestant

 

 

 

¿Hay un camino a la izquierda?

Acabó la cuaresma, pero no el tiempo de privaciones. En ningún campo esencial para la vida social se atisban razones para el optimismo. 

I 

En el terreno político lo único bueno es que el Partido Popular seguirá en la oposición. Pero la forma como se ha producido esta derrota le permitirá condicionar o bloquear reformas importantes. Y su potente aparato mediático e institucional —incluida la ultramontana Iglesia Católica— puede seguir marcando parte de la agenda política. El resultado electoral deja además otros indicios preocupantes. La izquierda —no sólo Izquierda Unida— queda en una situación parlamentaria irrelevante. El PSOE vuelve a tener como mayores aliados a los nacionalistas periféricos conservadores, a los que temo más por su derechismo que por su nacionalismo. Me atiendo a la historia pasada: los mayores impactos de los pactos con convergentes y peneuvistas se han producido en campos como la reforma laboral o la política fiscal (incluida la reforma del IRPF aprobada en la pasada legislatura). El resultado electoral parece haber sumido al PSOE en una nueva crisis de identidad al comprobar que su victoria se ha basado en la periferia (Catalunya, Euskadi, Andalucía), pero se ha perdido Madrid. Y para la elite política perder Madrid es perder el mundo. El vértigo puede llevar a un nuevo giro “españolista” (justificado por la necesidad de consenso en cuestiones de estado con el Partido Popular), que puede traducirse tanto en el reforzamiento de políticas derechistas como en tensiones en el interior del propio partido, especialmente con un Partit dels Socialistes Catalans necesitado de traducir su éxito electoral en ganancias tangibles para la ciudadanía que le vota. El PP ha fracasado en su intento de recuperar el poder, pero quizás ha tenido éxito en mover el espectro electoral hacia la derecha.

Buena parte de este movimiento ha tenido que ver con el nacionalismo, el español y el otro. El Partido Popular ha resistido gracias al crecimiento de votos en el centro (Madrid y Castilla la Mancha, en parte una periferia de Madrid), Murcia y el País Valencià. Y también ha sido en Madrid donde ha obtenido un cierto éxito entre las capas medias el recién nacido partido de Rosa Diez (captando votos en caladeros parecidos a los que en Catalunya llevaron a Ciutadans al Parlament). Posiblemente por razones distintas, en estas zonas ha calado el discurso de la quiebra del estado, del “chantaje” del nacionalismo periférico. Aunque en el caso de Levante es posible que el tema del agua haya jugado también su papel. Y el blaverismo valenciano obedece menos a una visión centralista del estado que al miedo a la hegemonía catalana. En todo caso refleja, especialmente en Madrid, que un sector amplio de las clases medias mantiene un poso de cultura conservadora muy fuerte y está predispuesta a apoyar a un proyecto reaccionario (y a creerse todas las mentiras que circulan por ahí) antes que ver en peligro su visión de la unidad nacional. No tan lejos de 1936. Pero, también en el otro lado las cuestiones nacionales han pesado, no solo en Catalunya —donde el voto masivo al PSC sólo puede entenderse como una reacción al temor que genera el Partido Popular— sino también en lugares como Aragón, donde el tema del agua genera el efecto inverso al de Murcia. El nacionalismo, el regionalismo, el localismo están vivos. Y deben ser considerados en cualquier proyecto que aspire a cambiar la situación. Incluso en aquellos que parten de un posicionamiento internacionalista o cosmopolita. Y en el corto plazo seguirán constituyendo un eje de tensiones y, probablemente, un factor de derechización social. 

II 

La situación va a marcar gran parte de la coyuntura social de los próximos años. Nunca tenemos datos suficientes para saber cuál es la profundidad y duración de la recesión. Porque en gran parte ésta depende de las acciones de los grandes agentes (empresarios, gobiernos, bancos centrales) cuyo comportamiento es difícilmente predecible. Pero los datos que existen apuntan a una situación grave, gestada en un largo proceso que daba indicios que nos encaminábamos a un nuevo desastre económico. La crisis inmobiliaria que está en el núcleo de la situación actual es el producto de una desaforada expansión en aquellos países que han estado a la cabeza del crecimiento reciente en el mundo rico (Estados Unidos, Reino Unido, España, Irlanda). Un hipercrecimiento que como todas las burbujas inmobiliarias acaba explotando.

 En este caso la situación se agrava por el brutal crecimiento y complejidad del sector financiero. El principal beneficiario de las desregulaciones típicas de la etapa neoliberal y el principal promotor del boom inmobiliario. La crisis financiera actual es sólo una más en la sucesión de avatares financieros del periodo neoliberal. Pero su profundidad parece mayor, porque está asociada a un proceso de especulación masiva desarrollada en el núcleo central de las sociedades capitalistas desarrolladas. La sucesión de quiebras encubiertas de grandes entidades financieras y la masiva intervención de los bancos centrales (especialmente la Reserva Federal) muestran esa profundidad. Ya comenté en otra nota que es dudoso que la simple introducción de dinero sirva para evitar la recesión (el tradicional problema de la “trampa de la liquidez” que ya se mostró hace unos años en Japón), pero está al menos sirviendo de “cortafuegos” y evitando que la crisis se extienda en forma de colapso general del sistema financiero. Otra cosa es hasta qué punto estas medidas de urgencia van a suponer un cambio de orientación de las economías capitalistas, o si se trata, como parece, de meras medidas para ir tirando mientras se espera que la tormenta amaine. 

En nuestro país la situación tiene características específicas, asociadas en parte a la posición particular de la economía española. El Gobierno no ha parado de decir que estamos tranquilos, aduciendo para ello la baja tasa de morosidad bancaria (aquí no se ha sido tan alegre en conceder créditos), el crecimiento del empleo de los últimos años y el buen estado de las finanzas públicas y de la Seguridad Social. Este cuadro optimista esconde, sin embargo, algunas cuestiones críticas clave. En los últimos trece años el país ha experimentado un fuerte crecimiento basado en gran medida en el impulso de la construcción. Mientras el papel de otros sectores ha sido bastante menos brillante, de lo que da buena cuenta el creciente déficit exterior, que indica que en el plano industrial el país ha perdido peso (y el análisis de las tasas de cobertura sectorial —la relación entre exportaciones e importaciones— muestra un deterioro generalizado de la industria española) y que el turismo ya no es capaz por sí solo de cubrir este vacío. Ahora la palabra de orden es que hay que cambiar de modelo, pasar del “tocho” a “la inteligencia”. Pero esto es más fácil de decir que de hacer. 

Hay razones para ser escépticos sobre la capacidad de reconversión de la economía española. Con la integración europea y, sobre todo, tras la integración monetaria, se han perdido gran parte de los resortes políticos que han permitido a diversos países alcanzar un importante desarrollo tecnológico e industrial (aunque se trata de un libro discutible, en este aspecto es elocuente el texto de E. S. Reinert La globalización de la pobreza, Crítica): no hay autonomía ni en política arancelaria, ni en política de tipo de cambio, ni prácticamente en política industrial. Baste recordar la reciente pelea del Gobierno con Bruselas en materia de política energética. Muchas de las grandes empresas industriales son sucursales de grandes grupos multinacionales cuyas estrategias se definen por elementos que no suelen tener en cuenta los intereses locales. En este contexto las habituales referencias a la “economía del talento”, a la “I+d+i”, suenan más a mantras repetidos para alejar demonios que a propuestas específicas de acción política. Quizás el futuro nos depare una sorpresa,  parecida a la que ha supuesto el increíble —por su duración temporal— boom inmobiliario que nadie habría previsto en 2004, y debamos así revisar el análisis. Pero parece más sensato pensar que entramos en una fase de enormes turbulencias. 

Éstas pueden incluso poner en crisis al sector público, cuya expansión ha dependido sobre todo de los ingresos generados por el mismo boom inmobiliario. Y cuya voluntad de mantener un bajo nivel impositivo puede derivar en problemas cuando se esfuma el crecimiento. En el contexto político detallado en el punto anterior, podemos esperar que las dificultades se van a traducir en una vuelta a la derecha de una política económica ya de por sí conservadora. Ya sabemos que las últimas crisis han sido enormes coartadas para introducir desregulaciones del mercado laboral, recortes de impuestos a los ricos, privatizaciones... O para impulsar políticas de inversión pública que auguran nuevas agresiones medioambientales, como el ya anunciado plan del Gobierno de usar la inversión en infraestructuras como un mecanismo anticrisis, o la persistente presión del lobby nuclear.  

Hay un factor adicional que dará a esta crisis una mayor tensión social. La recesión afecta sobre todo al empleo masculino y, especialmente, a los inmigrantes. La presión que los desempleados pueden ejercer sobre las prestaciones sociales, la visibilidad de hombres magrebíes o sudamericanos desocupados, las dificultades generales de empleo, pueden alentar un reforzamiento de las respuestas racistas y xenófobas que han estado latentes mientras se podía argumentar que no había competencia por los puestos de trabajo entre nativos y recién llegados.  

III 

La situación actual también está marcada por aspectos que tienen que ver con la crisis ecológica global. O al menos dan pistas de cómo va a desarrollarse. Ahí está el crecimiento del precio del petróleo y derivados. O la sequía, especialmente grave en Catalunya. Es posible que estemos sólo asistiendo a procesos coyunturales, pero cuadran sin duda con lo que podemos esperar del agotamiento de un recurso no renovable o del impacto del cambio climático. Y ello nos permite apreciar cuáles van a ser las líneas de respuesta. Empezando por la total carencia de planes bien definidos para hacer frente a estos problemas y las dificultades para adoptar respuestas adecuadas. Ya estamos empezando a asistir a las primeras manifestaciones de respuesta de los sectores directamente enfrentados al alza del gasóleo o al racionamiento del agua. Y a la demanda de nuevas infraestructuras. Y a las peleas interterritoriales (ahí no en clave nacionalista, sino como mera oposición de mundo rural y mundo urbano, una de las bases sobre las que se ha desarrollado algún movimiento opuesto a los parques eólicos), que siempre dan mucho de sí. O la ya citada ofensiva cultural de los pronucleares que se apuntan al apocalipsis para justificar la reintroducción de una energía que, tras Three Mile Island, Chernobil (y Vandellós) parecía una pesadilla del pasado. 

IV 

Malos tiempos para la lírica. Peores porque faltan fuerzas sociales y mediaciones políticas para encarar estos problemas. Una crisis que no se limita a la crisis de representación política que significa el descalabro electoral de Izquierda Unida, sino que tiene que ver con el escaso peso de la izquierda en el plano del debate intelectual, con la fragilidad y debilidad de las organizaciones sociales y, a menudo, con la confusión y sectarismo que existe entre muchos de estos círculos. No es sólo un problema local, puesto que se trata de una crisis general que no parece remontar. No hay por tanto que esperar soluciones, por más que la urgencia de los problemas demande alternativas. 

La crisis inevitable de Izquierda Unida puede ser un nuevo paso atrás de este proceso en caída libre. O convertirse en una nueva oportunidad para repensar todos los procesos. Al menos la actitud de Llamazares el día de las elecciones ha representado un gesto de dignidad (reconocer la derrota, abrir un proceso de debate y renunciar al liderazgo) que debería servir como apertura de esa reflexión. Una reflexión que además se da sin la presión que generan en las organizaciones políticas los ciclos políticos. La partida está en el tejado de las diferentes familias que forman el conglomerado político de IU-Iniciativa. En su capacidad de olvidarse de su sectarismo atávico y dar paso a un verdadero proceso de reforma. Capaz de realizar un balance autocrítico de su actuación. 

Nadie duda que el sistema electoral y mediático está diseñado para el bipartidismo y para evitar que la izquierda tenga demasiado peso. Pero resulta evidente que los votos también se han evaporado por otras razones, empezando por las continuas batallas internas y diversas intervenciones políticas en años pasados (el sectarismo de las “dos orillas”) y presentes (el papel gubernamental de Iniciativa o Esker Batua quizás expliquen parte de los votos evaporados). No trato de buscar culpables. Simplemente subrayar que sin una evaluación sincera y completa es imposible crear nada nuevo y ahí todo el mundo tiene su parte de responsabilidad. 

Difícilmente se saldrá de la crisis si el debate se limita a la militancia organizada. Para que haya un camino a la izquierda, aunque de momento solo sea un sendero, hace falta recomponer fuerzas y sumar energías. Y esto requiere un diálogo y una colaboración abierta con los sectores sociales que de alguna forma se inscriben en la izquierda. Y que en los próximos tiempos necesitarán de espacios en el que desarrollar una respuesta social a la avalancha de políticas y movimientos derechistas que nos amenazan.

[Albert Recio]

 

La izquierda española: ¿un final o un principio?

Por Juan-Ramón Capella

Lo augurado se ha cumplido: Izquierda Unida ha obtenido los peores resultados electorales de su historia.

Todos los implicados en esta crisis se han lanzado a hablar de “renovación profunda”: renovación profunda del PCE, profunda renovación de Izquierda Unida. También, según noticias, en algunos ambientes, a darse palos los unos a los otros. Una profunda renovación.

Estas líneas se sitúan en otra perspectiva: esos resultados electorales significan “el final de una historia”.

El final.

Y la pregunta es si la izquierda social real de este país está en condiciones, ahora, de “iniciar una historia nueva”. No de renovar, o tratar de mejorar, sino de empezar de nuevo y de otra manera, construyendo otra cultura y otra práctica políticas, capaces de poner en actividad a todo el “pueblo de la izquierda” los días de cada día y no sólo en las citas electorales.

Final de una historia

Los lectores disponen sin duda de un manojo de explicaciones acerca de los resultados electorales de IU: desde la ley electoral —concebida desde el principio contra nosotros, pero que ha funcionado siempre— hasta el llamado “voto útil”, una consecuencia, en el fondo, de la ley electoral y del temor al PP. Explicaciones que toman en consideración desde las divisiones internas de IU hasta las prácticas políticas de este partido: el seguidismo al Psoe de Llamazares; o las inconsistencias: el Tripartito catalán, donde IC detenta el ministerio de la represión y la ejerce; o la participación en el Gobierno Vasco.

Pero todas estas explicaciones, pese a ser significativas, eluden las cuestiones de fondo principales: ¿por qué muchos trabajadores y gentes de izquierda votan enajenadamente por el PP? ¿Por qué muchos, muchos, votan al Psoe? ¿Por qué los sindicatos están a partir piñón con el gobierno central —campeón de la política neoliberal— o con los diversos gobiernos autonómicos? Ciertamente, preguntas como éstas no sirven para explicar por qué se han perdido posiciones: sirven para plantear el problema de la pérdida de influencia electoral y sobre todo social de la izquierda en los últimos veinte años e incluso antes.

Pues no se trata de preguntarse por qué los resultados electorales son tan malos, sino de preguntarse por qué no funcionan las instituciones políticas de la izquierda real de este país.

***

Este análisis no se puede hacer en una breve nota sobre lo más urgente. Para una explicación aclaratoria de la debilidad política de las instituciones de la izquierda en España habría que remontarse, en mi opinión, bastante lejos. Al menos, a la catastrófica gestión de Santiago Carrillo y su equipo durante la transición, cuando el PCE renunció a diferenciarse programáticamente del Psoe, se tragó sin más la monarquía y la bandera de Franco, proclamó la honorabilidad de los militares insurrectos, y cedió conquistas de los trabajadores en los Pactos de la Moncloa. Este pragmático cinismo, capaz de traicionar cualquier ideal colectivo, liquidó en poco tiempo el prestigio que el partido había conquistado en la resistencia antifranquista y desmoralizó a muchísimos de sus militantes.

Sobre esta base del oportunismo de la dirección del PCE les resultó fácil a los medios de masas del gobierno y del empresariado la “construcción de la identidad socialista” ubicándola en el Psoe, cuya contribución colectiva a la lucha antifranquista se puede calificar piadosamente de microscópica. Y mediocridades como Felipe González, Alfonso Guerra, Miguel Boyer, Joan Reventós, Javier Solana y tantos otros que me callo fueron presentados como oráculos por los medios de masas afines al empresariado y al Departamento de Estado norteamericano (o sea: todos de acuerdo en eso).

Es obvio que en un período de tiempo muy breve, y que coincide con los años centrales de la transición, el PCE, el partido hegemónico entre los demócratas españoles, su vanguardia y su máquina de pensamiento, su principal formación, pasa a ser un partido político secundario en la vida política, y a perder una a una las cualidades que le habían llevado a la hegemonía, las principales de las cuales eran su capacidad de producción de pensamiento político y sobre todo, por encima de todo, su práctica militante.

Una discusión seria de lo que le ocurre hoy a la izquierda debe tomar en consideración los errores cometidos.

***

Con el final de la transición, esto es, con la nueva derrota significada por la entrada de España en la OTAN; con el Psoe de Felipe González en el Gobierno —el gobierno más corrupto que ha conocido la monarquía parlamentaria—; con el cambio a las políticas neoliberales puras y duras que la izquierda social no tuvo siquiera la capacidad de modular, el PCE dirigido por G. Iglesias tuvo el acierto de crear Izquierda Unida.

La creación de IU significó inicialmente un paso positivo en la recuperación de la Izquierda Social. Con la experiencia de Julio Anguita y Convocatoria por Andalucía pudo parecer que esta formación, abierta a grupos y personas no identificados con el partido comunista, se realizaba la renovación política que necesitaban las instituciones de la izquierda de este país, y que se materializaba un modo distinto de hacer política.

Hay que decir, sin embargo, que el PCE, que puso todo su empeño en fundar e impulsar Izquierda Unida, lo hizo “con red”, por decirlo así: no quiso contemplar su propia disolución en el seno de la nueva organización.

Y ésta tuvo que funcionar en medio de un marjal de cocodrilos: infiltrados del Psoe o afines a este partido en puestos incluso directivos; durísimo enfrentamiento con el gobierno a propósito de políticas inadmisibles como la guerra sucia de los Gal, y, naturalmente, la hostilidad de la prensa, siempre con el empresariado, siempre con el Psoe, o los nacionalismos, o con la derecha: siempre negándole a la izquierda social un lugar al sol en la construcción de la política de este país. Mientras tanto, políticos nacionalistas y de clase media se hacían con el control de parcelas de la izquierda, como el Psuc, para desactivarlas y presentarse como equipos compatibles con el sistema.

Otras cosas cambiaban, entretanto, y no sólo condicionantes exógenos de primera magnitud. La opción de todos los partidos por la fórmula de los “partidos de cuadros” y el abandono de la idea del “partido de masas” originó una ruptura generacional muy difícil de salvar. Muchas personas han visto en la actividad de las organizaciones no gubernamentales un punto de referencia para la transformación molecular del mundo social, en detrimento de una acción política que sólo ven en su limitado y travestido referente parlamentario y sobre todo en la superficialidad  de su versión massmediática.

Por supuesto, estos cuatro apuntes no bastan. Pero señalan que hay que buscar explicaciones de fondo a la crisis específica de la izquierda social en España.

***

La cuestión, hoy, es saber si IU y PCE pueden convertir este final de ciclo político en el principio de otra cosa, aliándose con todas las fuerzas e iniciativas sociales, con los grupos de acción disconformes con el sistema y con las personas portadoras del espíritu de rebelión.

No se trata de conseguir una enésima refundación de Izquierda Unida, o de buscar una refundación del PCE.  Se trata de suscitar la voluntad política de crear un partido nuevo, abierto a la militancia de masas y no sólo parlamentario, definido no ideológica sino programáticamente  —esto es, un partido laico, en el que puedan coincidir personas de diversas ideologías, conformes con un programa democráticamente concebido y  estipulado.

Un partido consciente de que la propia forma política del partido  —la institución partido— está en crisis, y decidido a experimentar y a tratar de ser un partido de masas de asociados, y no una mera organización de cuadros profesionales de la política (lo que impondrá afrontar desde el principio el problema de la profesionalización temporal en la actividad política).

Nos hallamos ahora en una situación paradójica:

Tenemos a la vez el problema planteado por Gramsci: capitanes sin ejército y ejército sin capitanes. Y lo tenemos, lo subrayo, a la vez.

Hay capitanes que han perdido su ejército. Capitanes como Llamazares, Alcaraz o Frutos, que, cualesquiera que sean sus méritos personales, han sido incapaces de mantener cohesionadas sus fuerzas. Son capitanes sin ejército en el peor sentido de la expresión: no son ellos los dotados de ideas estratégicas y capacidad de atracción para conseguir un “ejército” nuevo. Deben ser rebasados políticamente para que lo nuevo pueda nacer.

(Éste puede parecer un juicio duro, pero es sólo un juicio político, no moral; y por tanto abierto a cambiar según los comportamientos políticos.)

Pero hay también —y esto es lo más importante— un ejército sin capitanes. El de los militantes de tantas organizaciones políticas y sociales —incluida tanta buena gente del PCE y de IU—, por supuesto, pero también la multitud de personas que perciben la gravedad de los problemas para los que el empresariado y su clase política carece de respuesta, y que desean hallar un lugar de inserción en la lucha política.

Ese lugar de inserción no puede ser otro que el de un partido de nuevo cuño que anime comisiones cívicas, estudiantiles, sindicales, locales, en torno a iniciativas ciudadadanas y rurales de todo tipo, sobre los ejes centrales de la problemática social de nuestro tiempo.

***

¿Es esto viable? ¿Es sólo un sueño?

La cultura política tradicional del comunismo sin duda verá con reticencia el proyecto de apostar por un gran cambio. No sólo el PCE: también otros grupos políticos menores temerán perder su identidad si apoyan a fondo un proyecto de renovación en profundidad. Porque se trata de eso: de perder una máscara, una personalidad, que ya no sirve, y aprender a construir junto con otros una máscara política nueva.

Por otra parte, siempre la construcción de nuevas identidades en la izquierda —desde la del común antepasado Pablo Iglesias, a la de las formaciones anarquistas, etc.— se han dado en medio de luchas sociales importantes, en momentos en que no podía siquiera imaginarse la apatía sociopolítica que parece caracterizar nuestro presente.

Pero los desafíos que aguardan al “partido orgánico de la izquierda social”, sea cual sea la denominación que encuentre, no son pequeños: tienen que ver ante todo con la precarización del trabajo, con el sistema de pensiones, con el dumping social, con los trabajadores inmigrantes, sus derechos y su incorporación a la lucha de la izquierda social. Hay que hacer frente y echar abajo el  crecimiento neoliberal de las desigualdades.

Hay que hacer frente con desobediencia civil, con gran energía, a las políticas del sistema que nos comprometen en actividades bélicas, que violan sus propias leyes, que nos ignoran como personas; hay que hacer frente a aparatos del Estado, como el judicial, que convierten en una burla eso que se suele llamar “administración de justicia”. Hay que transformarlos de raíz.

Hay que afrontar el final de la era del petróleo barato, con la consiguiente militarización del tráfico del petróleo y materias primas; afrontar la pérdida de derechos individuales en beneficio de todo tipo de policías; hay que afrontar el cambio climático y la escasez de agua buscando soluciones razonables y cooperativas.

Hay que afrontar una lógica social que trata de desplazar siempre a mañana los problemas de hoy, agravándolos y haciéndolos inmanejables: los problemas de los residuos, de las incompatibilidades productivas.

Es necesario abordar los necesarios cambios en los modos de vida: la hiperurbanización, las formas de trabajo que incitan al uso creciente del automóvil privado. Hay que abordar el problema creado por la formación de monopolios publicitario-culturales, crear sistemas de enseñanza que al menos permitan aprender… Y también mantener o conseguir conquistas elementales: el derecho de las mujeres al aborto, la curación de las pandemias homofóbica y machista, la conquista del derecho a la eutanasia.

Eso y tantas otras cosas, por no hablar de las lacras que afligen a las poblaciones pobres. Por todo eso, y por la consciencia de que no se trata de problemas imaginarios, puede ser posible hablar de un nuevo partido de la izquierda de este país como de un proyecto, y no sólo como un sueño.

Porque no podemos abandonar todos esos problemas a la gestión de los empresarios y de sus partidos afines, el Psoe, el PP y los nacionalistas de derechas. Porque no podemos limitarnos a incidir marginalmente sobre ellos, ni menos aún podemos mendigar. Por eso es imperativo, aunque parezca hoy difícil, decir adiós a lo viejo y crear entre todos algo nuevo.

Ponte a pensar.

Luego hablamos.

 

¡No al préstamo de pago en bibliotecas!

El préstamo de pago en bibliotecas es una obligación con la que la Unión Europea, que ha impuesto esta norma, se somete a los dictados de los nuevos soberanos neoliberales (BM, FMI, OMC) que desean convertir todo acto de los seres humanos en  un acto mercantil. Y los Estados europeos se someten al dictado del nuevo Dios Neoliberal tratando de evitar protestas: paga el Estado Español, y traslada a los ciudadanos como contribuyentes el coste de ese 'préstamo de pago en bibliotecas'. Debemos manifestarnos en contra de esta nueva ficción jurídica asociada a la propiedad intelectual, por mucho que resulte justiciero que ahora hayan de pagar hasta los que no leen. 
 

Por la lectura

por José Luis Sanpedro

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May. 

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la  experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. 

Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro. 

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir —eso dicen— a los autores del desgaste del préstamo. 

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque: 

a)     obtiene algo a cambio.

b)     es objeto de una sanción. 

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez  pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la De prestar libros y fomentar la lectura? 

Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura?, ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? 

No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. 

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña. 

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

 

Nostalgia de otro futuro

El 17 de febrero de este año, los 109 diputados del Parlamento kosovar aprobaron declarar la independencia de su país y el veinte de marzo se cumplió el quinto aniversario de la invasión de Irak. Estos son dos de los hechos cuya génesis y significado podemos ahora comprender mejor gracias al libro escrito por José Luis Gordillo, Nostalgia de otro futuro, publicado por la editorial Trotta hace pocas semanas. 

En relación con el primero de esos acontecimientos, el Consejo Europeo emitió una declaración en la que se afirma que la autodeterminación de la antigua provincia serbia constituye un caso sui generis que en ningún supuesto debe considerarse como precedente. Al amparo de esa doctrina del caso sui generis los medios de comunicación han aprovechado para rescribir la historia de la guerra que la OTAN entabló contra Yugoslavia en 1999. De acuerdo con la versión actual, resulta que en aquel entonces Kosovo estaba siendo objeto de una limpieza étnica por parte de los serbios. Los bombardeos de la OTAN sirvieron para proteger a los albano-kosovares y para que éstos pudieran regresar a sus hogares. 

Así, Ramón Lobo, corresponsal en Pristina, escribía en el diario El País del día 18 de febrero que: “El Kosovo independizado ayer empezó a nacer con sufrimiento en 1999, entre la brutal represión de las tropas de Slobodan Milosevic, que expulsaron fusil en mano a la mitad de la población albanesa (casi un millón de personas), y de las bombas de la OTAN, que acudió en su socorro.” Y que “Acabada aquella guerra, la última de las cuatro balcánicas, Serbia se retiró de Kosovo con sus tropas y sus símbolos dejando atrás un reguero de fosas comunes y destrucción.” 

La lectura del libro de José Luis Gordillo nos da, sin embargo, una imagen de lo que pasó radicalmente distinta de ésta. En primer lugar, el éxodo masivo de personas empezó después de los bombardeos de la OTAN y no antes. La intervención armada de la alianza provocó la huida de la población por miedo a las bombas y facilitó la tarea de los paramilitares serbios. Por otro lado, no hubo ningún genocidio de la población albanokosovar: el equipo de investigadores que envió el Tribunal Internacional de la Haya en 1999 encontró 2000 cadáveres, y eran tanto de personas serbias como albanokosovares. Lo que hubo en Kosovo fue una guerra civil y, tras la retirada del ejército serbio, se siguieron cometiendo numerosos actos de violencia contra serbios, gitanos y albanokosovares moderados por parte de los paramilitares albaneses. Como denunció Amnistía Internacional, la OTAN no adoptó medidas para acabar con esa violencia étnica. 

Si la intervención de la OTAN no alivió, sino que agravó la situación de la población de Kosovo, ¿cuál fue la razón real que motivó la acción armada? La tesis de José Luis Gordillo es que lo que se pretendía era reafirmar el papel de la OTAN y de las fuerzas norteamericanas en Europa. Es decir, se trataba de rematar la faena iniciada en Bosnia para justificar la subsistencia de la organización atlantista y la persistencia de la intervención estadounidense en el continente europeo. El decidido apoyo norteamericano a la independencia de Kosovo puede entenderse dentro de esa misma línea de mantener la presencia de sus tropas en Europa y crear discordia en el seno de la UE y entre la UE y Rusia. El hecho de que en Kosovo se haya construido una gigantesca base estadounidense, la de Camp Bondsteel, abonaría esa interpretación. 

El segundo acontecimiento, la guerra de Irak, tiene que ser inscrito en el contexto de lo que José Luis Gordillo denomina “guerras por el petróleo”. Se trata de toda la serie de acciones armadas que se han emprendido en los últimos años para controlar ese recurso escaso y finito. Y como en Oriente Medio se encuentran los dos tercios de las reservas mundiales de petróleo, para los países occidentales es vital controlar el suministro procedente de esa zona del mundo. 

Las guerras por el petróleo responden a un planteamiento a corto plazo. Se trata de conseguir una ventaja inmediata sobre los demás, pero sin solucionar el problema de fondo que plantea el fin de la era del petróleo. José Luis Gordillo utiliza la idea del “plan X” de que hablaba Raymond Williams en su libro Hacia el año 2000, para caracterizar esa estrategia: lo que se pretende es conseguir un margen de maniobra momentáneo, porque se abriga un profundo pesimismo sobre la posibilidad de solucionar los problemas ecológicos y económicos de fondo. 

Las dos invasiones de Irak constituyen una manifestación de esa estrategia. El objetivo que ha perseguido el gobierno norteamericano con ellas es el de tener acceso al petróleo de ese país e intensificar su presencia militar en Oriente Medio. Además, entre la primera invasión de Irak y la segunda tuvieron lugar los atentados contra las torres gemelas y el Pentágono que dieron inicio a la guerra contra el terrorismo. Esos atentados fueron, como señala José Luis Gordillo, una especie de nuevo “Pearl Harbor”, lo que permitió justificar un extraordinario incremento del presupuesto militar estadounidense. 

Justo antes de la segunda invasión se produjo lo que en el libro se designa como la “globalización de la resistencia antimilitarista”. En efecto, el 15 de febrero de 2003 tuvieron lugar manifestaciones en contra de la anunciada invasión de Irak, que reunieron simultáneamente a millones de personas en seiscientas ciudades de todos los continentes. Diferentes encuestas que se realizaron ese mismo año pusieron de manifiesto la oposición de la población mundial, europea y española a la invasión de Irak (en España entre el 85 y el 90% de los encuestados se declararon contrarios a la misma). A pesar de esa oposición, Bush invadió y el gobierno de Aznar y los parlamentarios del PP le apoyaron. Se verificó, así un caso (más) de oposición entre la voluntad del pueblo representado y la de sus (supuestos) representantes, que se resolvió a favor de estos últimos. 

Pero la historia no acaba ahí. Como señala José Luis Gordillo, tras la toma de Bagdad, tuvo lugar un cambio de postura de los gobiernos y políticos que se habían manifestado contrarios a la guerra. Así ocurrió con Felipe González y Jordi Pujol o con los gobiernos francés y alemán. Por su parte, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó las resoluciones 1483 y 1511 que vinieron a legalizar la invasión, atribuyendo la titularidad del poder político a los invasores. Estas resoluciones marcaron el fin de las críticas de fondo de Rodríguez Zapatero, el cual manifestó que se sentía “cómodo” con la resolución 1511. 

La retirada de las tropas españolas de Irak, tras el acceso del PSOE al poder fue un gesto de gran importancia. Pero, como señala José Luis Gordillo, esa retirada fue “compensada” con el aumento del envío de tropas a Afganistán, en un intento de apaciguar a Estados Unidos por esa vía. 

Y en esas estamos todavía: el último acto del ministro de defensa en funciones, José Antonio Alonso, el 25 de marzo fue solicitar a la Diputación Permanente del Congreso un nuevo incremento (el segundo) de las tropas españolas desplegadas en Afganistán que ascenderán a partir de ahora a 778 efectivos. Todos los partidos votaron a favor excepto IU, ERC y el BNG. Bueno será recordar este dato en el futuro.

[José A. Estévez Araujo]

 

No confundir el campo con los campesinos


por Ricardo Natalichio,
Ambiente y Sociedad,
 nº 337, 27 de marzo de 2008

http://www.ecoportal.net

El conflicto que se vive en Argentina por la rebelión de los productores rurales y que ha sido reproducido en medios de comunicación de todo el mundo, requiere de un análisis profundo. En este país el campo y los campesinos desde hace unos cuantos años no son la misma cosa. Abordaremos el caso de Argentina, pero este es un modelo que se reproduce, en mayor o menor medida, en toda América Latina. 

Desde la década del '90, con la presidencia de Carlos Menem, se comenzaron a producir grandes cambios en el sector agropecuario. La sojización del campo, trajo aparejada una fuerte concentración de las tierras más fértiles en manos de los llamados pool de siembra y su consiguiente éxodo de mano de obra excedente hacia las grandes ciudades. 

Cientos de miles de familias de campesinos se fueron viendo forzados a abandonar el campo presionados por un nuevo modelo de agricultura, que no necesita agricultores. Los pequeños productores fueron siendo sistemáticamente fagocitados por los pool de siembra y hoy la Argentina toda, es una inmensa plantación de soja, que ya ocupa casi  el 70% de la superficie total sembrada. 

Desde el gobierno se plantea que la suba en las retenciones a la soja, está pensada como estrategia para desalentar el incremento de este cultivo a lo largo y a lo ancho del país, ya que los extraordinarios precios internacionales obtenidos por el monocultivo de la soja, desalientan la producción de otras siembras como el trigo, el maíz y otros productos agrícolas necesarios para abastecer al mercado interno. 

Por otra parte, no olvidemos que los monocultivos incentivan el uso de fertilizantes y agroquímicos altamente contaminantes. Que producen desertificación, contaminación del agua y pérdida de biodiversidad. 

Estamos de acuerdo con que las retenciones, así como están planteadas, concentran la riqueza en Buenos Aires. Pero la solución a esto pasa por que el gobierno debe incrementar el gasto nacional en aquellas regiones que lo necesiten, alentando la diversificación de cultivos y apoyando la creación, financiación y el trabajo de las PyMEs y los campesinos, que son los mayores creadores de empleo y productores de alimentos.

Se ha instalado desde los medios de comunicación la falsa premisa de que el campo es el que alimenta y financia al país. Esto es una doble falacia, en todo caso los que proveen de alimentos al país son los campesinos, ya que el campo sólo produce soja para exportar. Y financieramente, los ingresos que genera el campo para el país provienen de las retenciones, que son el motivo de su protesta. 

El verdadero problema de fondo es la concentración de la tenencia de la tierra, pero esto por ahora ni se debate. Los alimentos no pueden ser objeto de ganancias ilimitadas. La Biodiversidad es una riqueza de los pueblos y la tenencia de la tierra, debe estar en sus manos. 

El futuro de los campesinos, la sustentabilidad de la tierra, la contaminación del agua, la pérdida de diversidad biológica, la desertificación, la soberanía alimentaria; no dependen del porcentaje de las retenciones, sino de un modelo de país. 

Nos reencontramos la próxima semana, con una nueva entrega de esta  
publicación.

 

La biblioteca de Babel
 

Luciano Canfora
Exportar la libertad. El mito que ha fracasado
Trad. de Santiago Jordán Sempere
Ariel, 2008, 119 págs.

Luciano Canfora viene dedicándose a mostrar el uso ideológico de conceptos políticos que crean fácilmente adhesión, al estar fuertemente asentados en nuestro imaginario. Para ello, contrasta el concepto teórico con su puesta en práctica a lo largo de la historia. Se dedicó al estudio de los usos y abusos de la palabra democracia en Crítica de la retórica democrática y en sobre todo en La democracia. Historia de una ideología (a este último, se le vetó su publicación en Alemania).

Prosiguiendo esta línea de análisis, en Exportar la libertad nos hace un repaso a otro de los grandes totems de nuestro tiempo: la libertad, palabra que ha quedado desgastada y ya parece que sirva para designar cualquier cosa. Por ello Canfora recorre su utilización desde nuestro origen político mítico, la Grecia Clásica, hasta la reciente guerra de Irak. En el camino vemos como la perversión de su uso ha servido para el dominio de las sociedades y para llevar a los ciudadanos a la guerra, tal es el caso de la Atenas imperialista, del “libertador” Bonaparte, antaño los soviéticos y ahora los estadounidenses en Afganistán, la “liberación” de Irak I y II... es decir todo lo contrario de lo que se podría esperar de una concepción de libertad igualitaria.

Estos tiempos de desmemoria histórica han llevado a que individuos como Kissinger y Brzezinski, o sus versiones neocons, hayan sido quienes han llenado de contenido la palabra libertad y además la han pretendido exportar. Por esta razón, Canfora nos recuerda en su libro que “antaño se dijo, y se escribió, que la alternativa al socialismo era la barbarie. A lo mejor estamos llegando a ese punto”.

[Joan Lara Amat y León]

 

PÁGINAS-AMIGAS

Centre de Treball i Documentació (CTD)
http://www.cetede.org

Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas
http://www.ucm.es/info/nomadas

El Viejo Topo
http://www.elviejotopo.com

La Insignia-
http://www.lainsignia.org

Sin permiso
http://www.sinpermiso.info/

 

Revista mientras tanto

Contenido del número 103

 mientras tanto
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB

Verano 2007

103

NOTAS EDITORIALES
La historia interminable: nueva crisis financiera
A. Recio
Dilemas constitucionales en Venezuela
G. Pisarello
La sombra de un ciudadano ejemplar
J. Torrell
En la muerte de Lluís Maria Xirinacs
J. Sempere
 

ARTÍCULOS
LOS SERVICIOS SOCIALES Y LA CUARTA PATA (¿COJA?) DEL ESTADO DEL BIENESTAR EN ESPAÑA
José Adelantado

EL CUIDADO DE LA DEPENDENCIA: UN TRABAJO DE CUIDADO
Teresa Torns

SINDICATOS Y JÓVENES: EL RETO DE SUS VÍNCULOS
Antonio Antón

DERECHOS FORMALES Y DERECHOS REALES DE LOS TRABAJADORES EN LA ESPAÑA DE COMIENZOS DEL SIGLO XXI
Daniel Lacalle

L’ESGLÈSIA CATÒLICO ROMANA A ESPANYA: PODER I PRIVILEGI
Ángel Zaragoza i Tafalla

RESEÑA
Entrada en la Barbarie
Joaquim Sempere

 

mientras tanto bitartean mientras tanto mentrestant
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB

 

Contenido del número 104-105

mientras tanto

BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB


2008

104-105

NOTAS EDITORIALES
¿Cambio climático global o crisis socio-ecológica?

A. Recio

Elecciones: ganará la derecha, ¿pero cuál?

J.-R. Capella

La Unión Europea y el arte del doble rasero

G. Pisarello y X. Pedrol

Sucesión y desinformación

J. L. Gordillo

El catolicismo conservador, el pan nuestro de cada día

A. Madrid

En la muerte de Josep Guinovart

J.-R. Capella

 ARTÍCULOS
LOS COMUNISTAS ANTE LA TRANSICIÓN

Josep Fontana

EL LIBERALISMO HERÉTICO DE PIERO GOBETTI

Giaime Pala y Gianluca Scroccu

EL INIGUALABLE Y DESIGUAL SIGLO XX

Bob Sutcliffe

DEL MARXISMO-LENINISMO AL NEOCOLOQUIALISMO O LAS PRODIGIOSAS AVENTURAS TRANSPIRENAICAS DE CARLOS SEMPRÚN

José A. Tapia Granados

 MEMORIA HISTÓRICA Y PODERES PÚBLICOS
Presentación

POSIBILIDADES Y LÍMITES DE LAS ‘POLÍTICAS PÚBLICAS DE LA MEMORIA’
S
ergio Gálvez Biesca

¿PERSEGUIDOS O PERSEGUIDORES? SOBRE LA NECESIDAD DE AFRONTAR EL PASADO

Á
ngel Rozas

LA POLÍTICA ARCHIVÍSTICA DEL GOBIERNO ESPAÑOL DESDE EL COMIENZO DE LA TRANSICIÓN

A. González Quintana

TEMPUS FUGIT. LAS MEMORIAS DE LA TRANSICIÓN

X
avier Domènech Sempere

 RESEÑA
VIEJO Y NUEVO IMPERIALISMO: UN COMENTARIO SOBRE THE NEW IMPERIALISM DE DAVID HARVEY Y EMPIRE OF CAPITAL DE ELLEN MEIKSINS WORD

Bob Sutcliffe

OBITUARIO

CITA
 

mientras tanto bitartean mientras tanto mentrestant
BCCBBHBCCBBBCBBBCBBBBCCB

 

Contactar con la Revista mientras tanto
Web Icaria editorial: www.icariaeditorial.com/colecciones2.php?id=22
Sugerencias: Apartado de correos 30059, Barcelona
Suscripciones: e-mail: comandes@icariaeditorial.com , icaria@icariaeditorial.com
Tel. (34) 301 17 23/26 (lunes a viernes de 9 a 17 h.). Fax (34) 93 317 82 42
Consulta de números atrasados: www.icariaeditorial.com/colecciones2.php?id=22

 

Contactar con mientrastanto.e

Edita: la redacción de mientras tanto, Fundación G. Adinolfi - M. Sacristán
Coordina: Antonio Giménez y Antonio Madrid
Producción: Francisca Calderón, Joan Lara Amat y León y Agustí Roig

Suscribirse y desuscribirse: www.grups.pangea.org/mailman/listinfo/mientrastanto.e, o bien suscripciones@mientrastanto.org
Números atrasados: www.ucm.es/info/nomadas/mientrastanto/
La suscripción a mientrastanto.e es gratuita